¿Corres para ti o para mostrarlo a los demás? La controversia que actualmente sacude al mundo del running

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Un corredor haciendose una fotografía en la Fira del corredor de la 102 Jean Bouin 2025.

Pep Morata / Propias

Durante décadas, correr fue una actividad sencilla y casi anónima. No requería grandes inversiones ni validaciones externas: salir a correr era, en sí mismo, suficiente. Correr hacía al runner. Bastaban unas zapatillas, algo de tiempo y la voluntad de moverse.

Sin embargo, con la expansión del running como fenómeno global, esta lógica empezó a cambiar. Hoy, para muchas personas, la idea de ser corredor parece inseparable de un dorsal, una meta oficial e, incluso, requiere de conseguir una medalla colgada del cuello al final de una maratón, o subir todas las salidas y/o carreras a redes sociales o a Strava.

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El peso del relato social

Una de las principales razones de esta transformación es el relato que se construyó alrededor del running, especialmente en redes sociales. Las grandes maratones internacionales —Nueva York, Londres o Tokio— y las de casa —Valencia o Barcelona— se presentan como experiencias vitales, prácticamente obligatorias. No solo se corre: se viaja, se pertenece, se exhibe. El mensaje implícito es potente: si no has vivido eso, te falta algo como corredor.

Este relato genera una percepción distorsionada. Hace creer que correr sin competir, o hacerlo en distancias cortas, es una etapa previa, incompleta o transitoria. Como si el objetivo final fuera inevitablemente el maratón, y todo lo demás fuera solo entrenamiento. Cuando la realidad no es para nada esta.

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A esta narrativa se suma una lógica muy arraigada en el deporte moderno, en general: la idea de progresión constante. Más kilómetros, más retos, más exigencia. Desde esta mirada, quedarse en 5 o 10 kilómetros puede interpretarse —erróneamente— como falta de ambición, compromiso o disciplina.

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Pero esta visión ignora una realidad básica: no todas las personas corren por las mismas razones. Para muchas, el running es salud, equilibrio, disfrute o desconexión. No aumentar distancias no es estancarse; es elegir. Y no correr nunca un medio maratón o un maratón no invalida la identidad de corredor.

La era del consumismo entra en juego

El auge del running también vino acompañado de una fuerte mercantilización. Zapatillas con placa de carbono, relojes inteligentes, planes de entrenamiento, accesorios cada vez más específicos. Elementos que pasaron de ser opcionales a percibirse como necesarios.

Las carreras, además, aumentaron exponencialmente su coste. Algunas se convirtieron en eventos aspiracionales, con cupos limitados y precios elevados. Participar dejó de ser solo correr: pasó a ser pagar, viajar y demostrar. En ese contexto, el maratón funciona como símbolo de estatus: no solo habla de resistencia física, sino también de capital económico y tiempo disponible.

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Este fenómeno también genera el efecto contrario. Hay quienes, desde dentro del propio mundo runner, miran con desdén a quienes corren distancias cortas o no se apuntan a carreras. Como si sin sufrimiento extremo no hubiera legitimidad. Como si el dorsal fuera el único certificado válido para llamarse corredor.

Volver a lo esencial: ser runner es correr. Y punto.

Esta mirada excluyente olvida que el running nació como el deporte más democrático. Que su valor no está en la distancia recorrida ni en el número de maratones completados, sino en la constancia, el movimiento y el vínculo personal con la actividad.

Correr no necesita validación externa. No exige maratones, viajes internacionales ni gadgets de última generación. Actualmente, el desafío está en recuperar una definición más amplia y honesta del running: una en la que correr 5 kilómetros tres veces por semana tenga tanto valor como cruzar la meta de una gran maratón. Porque, al final, correr sigue siendo eso: salir, moverse y disfrutar. Todo lo demás es contexto y preferencias personales.

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