Pocos saben que bajo el asfalto del corazón de Sevilla hubo una laguna musulmana que estuvo a punto de desaparecer: hoy es un jardín histórico que parece un oasis

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Este espacio de Nervión combina historia, botánica y ocio cultural en dos áreas separadas por una avenida moderna

El parque que Sevilla estuvo a punto de perder: hoy es un pulmón verde gracias a la lucha de sus vecinos

Palacio y Jardines de la Buhaira

Palacio y Jardines de la Buhaira

Turismo Sevilla

La historia de Sevilla es un mosaico de huellas musulmanas, cristianas y modernas que a veces quedan ocultas tras avenidas y edificios. Pero en pleno distrito de Nervión, a pocos pasos de la avenida Eduardo Dato, sobrevive un testimonio único de aquel pasado. Su origen se remonta al reinado del célebre Al-Mutamid, monarca del reino taifa sevillano, quien ideó allí una gran laguna conocida como al-buhayra, de la que hoy toman su nombre.

Aquella alberca fue mucho más que un simple depósito de agua. Bajo el mandato de Abu Yacub Yusuf se transformó en una extensión verde sembrada con miles de olivos, frutales, palmeras y viñas que convertían la zona en un auténtico vergel. Como ocurre con tantos enclaves históricos, la decadencia llegó pronto: “En los siglos siguientes la zona pasaría de esta época de esplendor a un estado de ruina total y no será reforestado hasta el siglo XVI”, señalan los registros municipales.

Un pasado que se reinventa

Palacio y Jardines de la Buhaira

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Tras un segundo periodo de abandono, los Jardines de la Buhaira vivieron un resurgir a finales del siglo XIX, cuando se destruyeron los últimos vestigios del antiguo palacio musulmán y se levantó un edificio regionalista que aún se conserva. La modernidad volvió a amenazar su integridad: “El acoso urbanístico durante el siglo pasado fue acuciante, hasta que la decisión de las autoridades locales de recuperar su uso histórico permitió plantear un diseño algo inusual en el entorno de Sevilla”, recogen las fuentes del Ayuntamiento.

La intervención definitiva no llegaría hasta 1999, año en que se acometieron obras de recuperación y se inauguraron oficialmente los jardines tal y como pueden disfrutarse hoy. Sin embargo, la apertura de la avenida de la Buhaira, que conecta Eduardo Dato con Ramón y Cajal, partió la parcela original en dos zonas bien diferenciadas.

Dos jardines, un mismo espíritu

Palacio y Jardines de la Buhaira

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Por un lado, el llamado Jardín de Palacio combina un diseño que alterna la geometría con lo orgánico. Desde la entrada, un eje central conduce al visitante por una avenida flanqueada por estanques rectangulares y palmeras datileras hasta la alberca restaurada que recuerda los orígenes islámicos. A ambos lados, la disposición se vuelve más natural, con higueras, limoneros, cipreses, jacarandas y un amplio olivar que evoca la huerta que fue. Este uso del olivo no es casual, ya que “rememora el perdido carácter rural” de la antigua finca.

La segunda área, conocida como Jardín de la Historia, prescinde de lo orgánico y apuesta por un trazado completamente geométrico. Arriates rectangulares y estanques se suceden a lo largo de un eje rectilíneo, mientras pérgolas y cuadros de naranjos aportan frescor y sombra. Aquí abundan las especies aromáticas: lavándula, tomillo, salvia, mejorana y menta. Gracias a ellas y a flores como las clavellinas y amapolas de California, las zonas que dan a la avenida ofrecen una estampa de vivos colores que contrasta con la sobriedad de la traza original.

Patrimonio y vida cultural

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Este conjunto, declarado Bien de Interés Cultural, alberga elementos de gran valor como la portada de las Almenas, la puerta de San Agustín o la antigua alberca islámica. Hoy funciona como centro cívico donde se celebran representaciones teatrales y líricas durante las noches de verano, un ejemplo de cómo el patrimonio puede mantenerse vivo sin renunciar a su esencia histórica.

Los Jardines de la Buhaira son, en definitiva, un rincón singular donde la memoria musulmana, el urbanismo contemporáneo y la vegetación mediterránea conviven en equilibrio. Un paseo por sus senderos permite comprender cómo la ciudad de Sevilla fue capaz de transformar una laguna medieval en un espacio verde que aún respira historia.

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