Este fin de semana se celebró el gran combate de Netflix. La esperada velada entre Jake Paul y Mike Tyson, el youtuber contra el hombre más malo del mundo. Durante semanas se fabricó una gran expectativa, que anticipaba la teatralidad del espectáculo. Después llegaron las decepciones. Se colapsó la plataforma: 63 millones de espectadores en más de 190 países.
Pero la intensidad del combate no fue la esperada. Alrededor del boxeo se ha construido una narrativa de la época dorada que ha idealizado el recuerdo y se han romantizado sus miserias. En cierto modo, esta iniciativa de Netflix asumiendo un show mundial en directo pretendía recuperar cierto espíritu de otra época. En pleno combate, el comentarista Mauro Ranallo apelaba a una cierta añoranza de otra época. Viendo como Mike Tyson intentaba reaccionar a los golpes de Jake Paul, exclamaba: “¡Tyson tiene que morder en su escudo de goma para producir nostalgia! ¡Nostalgia de la buena! ¡Pero no le está yendo bien a la leyenda!”. Había cierta obsesión por recuperar algo del pasado que ya no existe. Incorporaron a Evander Holyfield como comentarista. “¿Crees que Tyson le va a morder la oreja a Paul?” le preguntaron al ex campeón con retintín. “No creo que lo haga. Ya tiene una edad que sabe que no debe hacerlo” contestó el que fue su rival.
Esta vez fue el combate del brillibrilli, donde todo era forzadamente reluciente y artificial. Nada más empezar la retransmisión, Andre Ward definía lo que es el boxeo: “Dos personas que deciden aceptar el dolor a cambio de hacer negocio”. Y así de crudo y frío pareció el combate. Un comentarista apuntaba a que “no se puede apartar la mirada” y tenía algo de razón. Hay algo de morboso en este tipo de acontecimientos. Tienen algo de decadente. A nivel televisivo los gritos de los comentaristas acaban por devorar el relato. Y, en cambio, la lucha es silenciosa. El sonido de los impactos, los golpes y los boxeadores se enmudecen, cuando podrían acentuar la épica del duelo. También fallaba el audio a la hora de escuchar las instrucciones del entrenador a Tyson.
Terminado el combate, fue delirante ver que mientras el juez levantaba el brazo de Jake Paul en señal de victoria, el youtuber se rociaba con el desodorante de su propia marca para publicitarlo. La imagen condensaba muy bien todo lo que vimos. Es como si el boxeo se hubiera convertido en una anécdota para promocionar todo lo demás.