Navegar durante la infancia es aprender a vivir

INEFC

En las clases infantiles de vela, la competición es exigente y se desarrollan mucho más que habilidades técnicas

Campeonato del Mundo de vela infantil, categoría Optimist, que se celebra en Sant Pere Pescador, en la playa del Cortal de la Devesa

En las clases infantiles de vela, la competición es exigente y se desarrollan mucho más que habilidades técnicas

Marc Graupera

Navegar desde pequeña ha sido una de las experiencias más enriquecedoras, emocionantes y trascendentales de mi vida, y por este motivo me apasiona mi trabajo, compartir este conocimiento, estas sensaciones, estos aprendizajes. Navegar es aprender a vivir, a gestionarse uno mismo y a relacionarse con los demás y con el entorno. Es un deporte holístico y muy completo, por eso creo que es el deporte ideal para cualquier niño o niña.

En las clases infantiles de vela, la competición es exigente y se desarrollan mucho más que habilidades técnicas; los y las regatistas adquieren desde muy pequeños autonomía, capacidad de toma de decisiones, gestión emocional, sentido de la responsabilidad, paciencia, aprenden que el esfuerzo vale la pena y muchas más habilidades útiles para la vida fuera del barco. El hecho de hacerse cargo de su propia embarcación, por ejemplo, ayuda a la autonomía y requiere de responsabilidad; otro ejemplo es que durante las mangas de competición no se pueden comunicar con los entrenadores/as y esto los lleva a tomar decisiones constantemente y confiar en su propio criterio.

En un Optimist (la clase infantil por excelencia) o en una tabla de windsurf, se encuentran con su material ante el mar; aprenden a leer el viento, a anticiparse, adaptarse y resolver situaciones constantemente. En el agua cada decisión cuenta: decidir cuándo virar, cómo ajustar las velas, qué lado de la ceñida elegir, cómo afrontar una situación táctica con otras embarcaciones. Cada momento en el mar es un pequeño acto de liderazgo y, en caso de equivocarse, el error no es un castigo, sino una lección inmediata.

La vela enseña a confiar en uno mismo, a tolerar la frustración y a aceptar el esfuerzo como parte del camino y del éxito. En el agua se aprende a tolerar el frío, el calor, el hambre, a veces hay dolor, pero todo es parte del juego y siempre tiene recompensa si hay un equilibrio. Además, las sensaciones que proporciona este deporte son únicas; el regatista se fusiona con el sonido del mar, el silencio tan especial del viento, el deslizamiento por encima del agua y la sensación de libertad al navegar. Este contacto directo con la naturaleza ofrece una desconexión real y activa en un entorno cambiante, pero seguro y retador.

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Otro aspecto que me parece relevante destacar es la fortaleza de los vínculos de amistad que se forjan entre los regatistas. En el agua se compite, pero también se respeta al rival, que ha estado luchando con las mismas condiciones meteorológicas que uno mismo y se le ayuda si la situación lo requiere. Se comparten muchas horas fuera y dentro del agua. El fair play y la deportividad se promueven desde la infancia, ya que, a parte de la figura del “jury”, los propios regatistas se encargan de cumplir y hacer cumplir las reglas de competición.

Así pues, la vela es más que un deporte, es una escuela de vida. Enseña a los más pequeños a orientarse (literal y metafóricamente) y a construir herramientas que los acompañarán el resto de su vida dentro y fuera del agua.

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