Primero el barcelonismo se quedó huérfano de Johan Cruyff, después suerte que tuvo con el recambio automático cuando Ronaldinho, el hombre que devolvió la sonrisa al Camp Nou, cargó a su espalda al joven Leo Messi, entonces recuperó a un ídolo que permanece en la retina de todos los culés de forma casi que inolvidable. Y desde entonces anda en busca de un nuevo ídolo. Está enamorada esta afición de Pedri, pero también brinda abrazos y besos a Lamine Yamal, y en el camino descubre que Raphinha aparece con tanta fuerza y la vitalidad de un futbolista más maduro y entusiasmado y programado para conducir al Barça al Olimpo.
Tiene el brasileño talento, calidad y especialmente inmensas ganas de agradar a su entrenador, a sus compañeros y al público. Un jugador que hacía tiempo no se veía en el vestuario. Sabe Raphinha que posee todo para ser un ídolo, un líder de vestuario, un capitán de un equipo que busca volver a lo más alto, de conseguir éxitos y de convencer a todo el mundo de su especial carisma.
Seguramente en Brasil, su país, hoy lo están valorando más que a Vinicius, que podía haber sido una figura relevante, pero que se ha extraviado en la protesta y en la chulería. Hoy Raphinha es el nuevo Neymar de una nación que ha parido futbolistas a montones, pero pocos con el temperamento y el carácter del nuevo ídolo del barcelonismo, del futbolista que toma decisiones tanto en el campo como fuera de él para asegurar a un entrenador como Hansi Flick que todo va a mejorar. Dicho y hecho.