¿Está el ser humano diseñado para correr? Argumentos a favor y en contra

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Miles de años de evolución han perfeccionado el cuerpo humano, pero la comunidad científica no termina de ponerse de acuerdo en si llevamos en el ADN lo de correr largas distancias

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Dominar la economía de carrera podría ser el secreto para correr más rápido y sin agotarse
Miles de años de evolución han perfeccionado el cuerpo humano a la hora de correrPexels
  • Alex Molina

    Redacción

Desde los primeros pasos en la infancia, el movimiento forma parte de nuestra biología, pero la capacidad de poder movernos de forma hábil por nuestros propios medios lleva mucho tiempo siendo inherente al ser humano. Durante miles de años, correr no fue un pasatiempo sino una cuestión de supervivencia: nuestros antepasados huían de depredadores, cazaban presas y recorrían largas distancias en busca de agua y alimento. Esa herencia evolutiva alimenta una pregunta que ganó popularidad tras el éxito del libro Born to Run, de Christopher McDougall: ¿estamos hechos para correr largas distancias?

Quienes defienden que el ser humano sí está diseñado para correr, sostienen que la evolución nos ha dotado de habilidades únicas para la resistencia, como la caza por persistencia: perseguir a la presa durante horas hasta agotarla por sobrecalentamiento. A diferencia de muchos mamíferos, podemos sudar de forma eficiente para regular la temperatura y mantener el esfuerzo en climas cálidos.

La bipedestación también juega a favor. Caminar y correr sobre dos piernas reduce el gasto energético y libera la respiración del ritmo de la zancada, algo que no ocurre en la mayoría de los cuadrúpedos. Además, tendones largos y elásticos como el de Aquiles almacenan y liberan energía en cada paso, favoreciendo la economía de carrera. Desde esta perspectiva, la resistencia no sería una excentricidad moderna, sino una capacidad inscrita en nuestro ADN. 

Pero la épica evolutiva tiene grietas y ha hecho pensar a muchos expertos que a lo mejor no estamos tan preparados para las largas distancias. Las mismas estructuras que nos permiten correr con eficiencia son vulnerables a lesiones frecuentes, como la tendinopatía. Las maratones y ultramaratones suelen provocar daños temporales en músculos, corazón y sistema digestivo, y no son raras las hospitalizaciones tras pruebas extremas.

Además, la supuesta superioridad humana en resistencia depende de condiciones muy específicas. En la práctica, otros animales superan ampliamente nuestras capacidades. Los caballos, por ejemplo, han demostrado ser más rápidos y resistentes en la mayoría de escenarios, como lo evidencian las escasas victorias humanas en la tradicional carrera “Man vs Horse” en Gales.

Es por eso que el consenso científico nos indica que hay que tomarse esa capacidad atlética de forma muy relativa: la evidencia sugiere que estamos adaptados para movernos con eficiencia y soportar esfuerzos prolongados, especialmente en comparación con otros primates... pero eso no implica que hayamos sido “diseñados” para competir durante horas o días sin descanso.

Más que una obligación biológica, correr largas distancias parece ser una elección cultural y personal que explota capacidades reales, pero con límites claros. Tal vez no nacimos para correr ultramaratones. Pero sí nacimos para movernos. Y, en esa frontera entre lo posible y lo excesivo, el ser humano sigue desafiando sus propios límites.

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