Muchas personas empiezan a correr para mejorar su condición física. Pero también hay muchas otras que lo hacen para cuidar su salud mental.
La realidad es que el running es capaz de transformar cuerpo y mente. No es solamente una vía de escape a las preocupaciones o al sufrimiento mental, sino una manera de aprender a transformar ese dolor en algo positivo. En usarlo como motivación.
Correr transforma la relación con el sufrimiento mental
Así lo explica una investigación sobre cómo correr ayuda al tratamiento de la depresión. Una de las formas más profundas y desgraciadamente más habituales de sufrimiento emocional.
Mientras hay personas que conviven con la depresión crónica y para ellas correr es una manera de ir equilibrando los efectos de la misma en su día a día, para otras que pasen por una mala racha o en sus días grises, puede ayudarles sustancialmente a comprender sus emociones.
Así, correr es para muchos una forma de aprender a convivir con el malestar emocional y canalizarlo. Al salir a estirar las piernas con zancadas 'se sufre' la maravillosa paradoja de la resistencia: aunque correr requiera de fuerza de voluntad y sea un ejercicio costoso para el cuerpo, al hacerlo se liberan endorfinas, los analgésicos naturales.
Unas sustancias que, junto con la producción de endocannabinoides, proporcionan esa agradable sensación de euforia después de una buena carrera. Las endorfinas actúan sobre los receptores del cerebro, reduciendo la percepción del dolor. El cuerpo se inyecta un analgésico natural.
Es por este motivo que algunos estudios como el mencionado anteriormente han observado que, quienes corren con regularidad, tienen un umbral de dolor más alto. El mismo dolor de persona más sedentaria puede ser mucho menos molesto para quienes llevan mucho tiempo corriendo.
La dimensión emocional de correr regularmente
Además, la química mental no es lo único bueno que produce el running para cuidar la salud del cerebro. Correr también tiene un gran efecto en la dimensión emocional. Es un ejercicio que hace que el corredor esté solo, con él mismo, con el ritmo de sus pasos y su respiración. Es un momento de meditación en movimiento. Un espacio donde el presente se convierte en la única dimensión que importa.
Un enfoque mental en el aquí y ahora que igualmente ayuda a desviar la atención del dolor. Una lección que se aprende kilómetro tras kilómetro: la capacidad de vivir con el malestar, de aceptarlo y, a veces, incluso transformarlo en motivación extra.
Asimismo, algunas investigaciones han demostrado que correr puede tener efectos similares a la terapia para controlar la depresión leve y la ansiedad generalizada. No es una solución definitiva, sino un recurso.
Correr es una forma de tomar conciencia de uno mismo. En este sentido, el dolor se convierte en un aliado incómodo, pero necesario: enseña a escucharse, a bajar el ritmo, a saber cuándo esforzarse y cuándo parar.
También ayuda a encontrar la motivación cuando, entre mil cosas que hay que saber cómo manejar, es una de las pocas que logras completar. Correr devuelve la sensación de control. Cada paso, cada kilómetro, es una pequeña victoria que refuerza la autoconfianza y la convicción de que se pueden superar los retos.
Correr no es la panacea. No elimina el dolor, pero enseña a vivir mejor con él.







