Ni pastelería moderna ni franquicia: descubre dónde comer el bollo maimón que casi desaparece en esta ciudad de España

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Este bizcocho con forma de corona fue durante siglos el protagonista de bodas y fiestas en Salamanca y hoy sobrevive gracias a un puñado de obradores

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Bollo maimón

Bollo maimón

Don Hornazo

Salamanca conserva una joya gastronómica que casi se esfuma entre vitrinas de tartas modernas y escaparates de franquicias. Se trata del bollo maimón, un bizcocho hueco, ligero y azucarado, que durante siglos fue el invitado principal en las bodas castellanas. 'El País' recuerda que “brillaba en las mesas acompañado de vino dulce y copas de anís”, su porte vertical asemejando una corona.

El origen del dulce se remonta a los siglos XVII y XVIII, cuando las amas de casa lo preparaban como ofrenda nupcial o postre de ceremonias alegres. Su nombre está envuelto en misterio: algunos lo asocian con los “maimones”, fiestas que ponían fin al banquete de bodas, mientras que otros lo vinculan al árabe maimún, que significa “feliz” o “afortunado”. En cualquiera de los casos, el bollo simboliza celebración y abundancia.

Una receta sin levadura que se hereda como un secreto

Bollo maimón de Don Hornazo

Bollo maimón de Don Hornazo

Don Hornazo

El encanto de este bizcocho radica en su simplicidad y en su técnica ancestral. A diferencia de otros dulces, el bollo maimón no lleva levadura ni harina convencional. Su esponjosidad proviene del aire que se atrapa al batir huevos, almidón y azúcar. 'El País' detalla que “se horneaba en un molde de barro con una cazuela en medio para lograr el característico agujero central”.

Aún hoy, en panaderías rurales, la receta se sigue transmitiendo de generación en generación. En la panadería Don Hornazo, en Villarmayor —a unos 30 kilómetros de Salamanca—, el repostero Óscar Maldona observa el resultado con ojo crítico: “Lo que interesa es que abra, que haga picos y quede más bonita, como si fuera una corona”. A su lado, su pareja y copropietaria, Sarah García Valiente, recuerda que este postre “se llevaba como regalo a los novios o al cura”, y defiende su valor como acompañante de los desayunos invernales.

Los últimos guardianes del sabor charro

Bollo maimón

Bollo maimón

La Industrial

El horno de Don Hornazo no es el único que resiste la desaparición del bollo maimón. En el corazón de Salamanca, La Industrial, una de las confiterías más antiguas de la ciudad, continúa elaborándolo con paciencia y orgullo. Su responsable, Irene Alonso, lleva más de cinco décadas tras el mostrador y asegura a 'El País' que “nunca dejaremos de prepararlo”. La fachada verde oscuro del local y sus bandejas doradas guardan la memoria viva de una tradición que muchos daban por perdida.

Este dulce, que se vende por entre 6 y 12 euros según el tamaño, mantiene su popularidad entre los salmantinos más nostálgicos. “Me recuerda a los bizcochos que comía de pequeña, pero en gigante y más esponjoso”, confiesa una clienta habitual citada por 'El País', que se rinde ante la textura y el aroma de la masa recién salida del horno.

Reposteros con alma y receta en la sangre

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El futuro del bollo maimón parece depender de quienes se niegan a dejarlo caer en el olvido. La repostera Sara Cámara, reconocida como la Mejor Repostera de Castilla y León en 2025, lo define como “algo especial”. Según explicó a 'El País', “antes era para bodas y se hacía con el perol y el maimón, ese cilindro del centro para moldear la forma circular. Lo que sale es muy blando, pero hay que mojarlo”.

Cámara, a punto de abrir restaurante en Ledesma, reivindica este bizcocho junto al hornazo o el farinato, como pilares del recetario charro. “Funciona más por encargo, se está perdiendo, pero hay que mantenerlo o lo echaremos de menos”, advierte. Sus palabras suenan como una llamada de atención frente a la estandarización del dulce moderno.

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