
Amor de padre
PANTALLA PLANAS
El lunes, después de la gala del Balón de Oro, El Chiringuito empezaba a mover su maquinaria de lamentos, comparativas e injusticias. Mientras analizaban el orden de clasificación del resultado de las votaciones, buscando agravios y haciendo aspavientos, encontraron al protagonista ideal que mordió el anzuelo. El padre de Lamine Yamal también quería expresar su descontento por la victoria de Ousmane Dembélé y tildar de robo el veredicto que perjudicaba a su hijo. El redactor José Álvarez, que estaba en París, comentó que había contactado con Mounir Nasraoui y que al hombre le apetecía intervenir en El Chiringuito. El método que encontraron para que pronunciara sus declaraciones de forma ágil y en directo nos arrastró a un ejercicio de meta-pantallas delirante y muy cómico. Álvarez enseñó su teléfono a la cámara, que cerró el plano para que viéramos lo que había en pantalla. Aparecía el rostro del padre de Lamine Yamal, un primerísimo primer plano, a través de una videollamada. Nasraoui parecía estar medio tumbado en la cama de su hotel, en una puesta en escena de abatimiento y desidia. Aseguraba que “había pasado algo raro” mientras todos los espectadores nos asomábamos a un juego de ventanas y recuadros surrealista. La pantalla del móvil de un redactor sujetada por su mano, dentro del recuadro de la imagen, que a su vez se enmarcaba en la pantalla del plató y, a su vez, en última instancia, en el recuadro de la televisión. La pequeña pantalla dentro de otra pantalla, que a su vez está dentro de otra gran pantalla. Era absolutamente hilarante. Pasamos del glamour absoluto de la gala a un sistema precario de ventanas encadenadas de lo más rudimentario e improvisado. Un juego de muñecas rusas, de una imagen dentro de otra imagen, en una proyección casi infinita. El reflejo de un espejo en otro espejo. Solo faltaba que el padre de Lamine Yamal enseñara su propio móvil para que se abriera una ventana más en esta conga interminable de pantallas. El hombre hablaba de un “robo moral”, pero lo que estábamos viendo era el contraste entre la solemnidad de la élite y las miserias cotidianas del fútbol. El Chiringuito demostraba, una vez más, su capacidad innata para fagocitar cualquier interferencia improvisada y rudimentaria, convertirla en espectáculo y obtener una de sus tan cacareadas exclusivas.