Periodista

Mucho oro, poco mundo

PANTALLA PLANAS

La gala del Balón de Oro empezaba con una actuación de la artista Charlotte Cardin que desplegaba con exquisita precisión el imaginario de la mirada masculina, confirmando todos los códigos estéticos y narrativos que históricamente han servido para perpetuar el estereotipo femenino en el espectáculo. Después de este soso preliminar musical, Kate Scott y Ruud Gullit aparecieron en el escenario como maestros de la ceremonia y el espectador de Movistar+ tropezó con un problema eterno: el de la traducción simultánea. Por una vez que eligen unos profesionales que siguen muy bien el ritmo de las declaraciones de los protagonistas y demuestran rigor en ofrecer la versión en español, los canales de audio se solapaban con un volumen tan similar que provocaba verdaderas dificultades, desde casa, para seguir las intervenciones en cualquier idioma. Se mezclaba tanto el sonido de la versión original con la traducción, creando un molesto efecto Babel, que era confuso seguir los discursos. Sorprende, además, que durante dos horas la plataforma no reaccionara para mejorar el problema.

El premio al mejor portero y la mejor portera tuvo una singularidad. Gianluigi Buffon, al lado de Mary Earps, hizo un breve discurso donde reivindicó una verdadera igualdad de los hombres y las mujeres en cualquier ámbito de la vida, incluido el fútbol. Aunque a veces suene impostado, está bien que también sean los hombres los que, en contextos de este tipo tan masculinizados, asuman este relato.

A lo largo de todos los agradecimientos de la noche, lo llamativo fue el nulo compromiso de los ganadores con la actualidad. Solo en el momento de la entrega de los premios al mejor club, apareció DJ Snake luciendo en la solapa de su chaqueta una pequeña bandera de Palestina. Un gesto diminuto que en este contexto adquiere mayor valor simbólico. Es altamente sintomático que, en una gala llena de futbolistas, el único que dejara entrever cierta sensibilidad por las catástrofes que suceden en un mundo tan convulso fuera un músico y no un jugador o un entrenador. Confirma esta especie de burbuja de irrealidad, lujo y frivolidad, de perfección escenificada, que siempre refleja la gala. Construyen este mundo de fascinación, pero se blindan a las desigualdades y las tragedias. Brilla tanto el Balón de Oro que no pueden ver más allá de ellos mismos.

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