Entre la Real Sociedad y el Stuttgart pudieron meter cerca de una decena de goles al Madrid. El resultado final es que los dos equipos perdieron y el campeón de la Liga y de Europa salió airoso de ambos trances: 0-2 y 3-1. ¿La clave? El talento que atesora Ancelotti en sus filas.
Los triunfos empiezan en la portería, un cancerbero fabuloso, paradas extraordinarias, algunas de las llamadas milagrosas y arriba, dinamita. El esquema defensivo hace aguas; el centro del campo echa en falta a Kroos o alguien como él, un ancla que además distribuya el juego y oxigene la zona frente al asedio, y los delanteros organizan la fiesta en campo rival, pero se inhiben del guateque en el suyo, donde Courtois es el talento que les proporciona confianza.
El belga para, despeja, sus defensas y centrocampistas hacen lo que pueden mientras se acoplan y los espabilados de vanguardia terminan por desequilibrar los partidos porque la calidad es su esencia. Sin distinción. Vinicius renquea, brilla Rodrygo; Mbappé se adapta, Bellingham ya lo ha hecho; entra de refresco Endrick, 18 años, y se pone el mundo por montera. Pasa de los desmarques de Vini y Mbappé, no escucha a Güller gritándole que pase la pelota; suelta un zambombazo y desde una distancia considerable marca.
Todo ello es el Madrid, seguridad donde más la necesita, la que le garantiza el porterazo Courtois, y brotes de genialidad donde el adversario sufre y se deja sorprender por ese disparo atrevido y sin franqueo de Endrick o por el testarazo del “loco” Rüdiger con el guardameta alemán a verlas venir. Una suma de talento que de momento no deja ver el fútbol más que a ráfagas. A falta de que el engranaje deje de chirriar, la conexión mal que mal funciona. Goles son amores.