¿De verdad el deporte educa?

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No necesitamos campeones infantiles, sino adultos saludables, responsables y resilientes

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El deporte no educa por sí solo; educan las personas y el contexto

SANDRA GONZÁLEZ

Lo repetimos como un mantra: “El deporte transmite valores”. Es cierto, pero ¿qué tipo de valores: positivos o negativos? La realidad es incómoda: el deporte no educa por sí solo; educan las personas y el contexto. Si cuidamos el cómo, el juego forma. Si no, deforma. Y ahí radica la diferencia entre un simple resultado y una verdadera experiencia formativa.

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En la pista 1, un alevín falla un pase y mira a la grada. Allí, un coro de órdenes contradictorias, protestas al árbitro y reproches al entrenador. El chico deja de escuchar el juego para escuchar el ruido. ¿Qué aprende aquí? ¿Que el error es delito? ¿Que el árbitro es enemigo? En la pista 2, el ambiente es distinto: aplausos al esfuerzo, consignas breves y respeto. El entrenador corrige con calma, los minutos se reparten, el árbitro juvenil explica una falta y nadie lo abuchea. ¿Qué se queda grabado? ¿Que jugar es aprender? ¿Que el rival es un compañero de viaje? La diferencia no está en el marcador, sino en el clima que rodea al balón.

Más allá del marcador

El deporte puede ser una escuela de vida, pero no lo es por arte de magia. José María Cagigal ya advirtió: “El deporte no es bueno ni malo, depende del uso que se haga de él”. Pierre de Coubertin afinó el marco: el olimpismo propone una forma de vida basada en la alegría del esfuerzo, el valor educativo del buen ejemplo y el respeto a los principios éticos. Si ese es el norte, la iniciación debería priorizar el descubrir, motivar, cooperar, socializar y crear hábitos, no coleccionar victorias. ¿Es importante ganar, educar la competitividad? Sí, sin duda, pero de forma saludable, aprendiendo a saber ganar y a saber perder; no a costa de la ética y los valores.

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La implicación equilibrada de las familias mejora la motivación y el bienestar; la presión y el dirigismo los erosionan. Normas sencillas ayudan: nada de instrucciones desde la grada, respeto al árbitro y al rival, conversaciones con el entrenador fuera del calor del partido. También hábitos saludables de sentido común: agua frente a bebidas energéticas, fruta antes que bollería, descanso y organización del tiempo. El entrenador, por su parte, es un referente moral. Si grita al árbitro, enseña a gritar. Si normaliza el error y celebra el progreso, enseña a aprender. Su responsabilidad incluye repartir minutos, dar feedback breve y claro, reforzar la cooperación y cultivar rutinas. Y, sobre todo, transmitir que cada entrenamiento es una oportunidad de crecer, no un examen que aprobar.

Nos gusta decir que “el deporte educa”. Y es cierto… cuando cuidamos el contexto. La elección no la toma el marcador, la tomamos nosotros; y ese partido sí vale la pena ganarlo.

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