Si en un día de jornada de la Premier League uno elige el London Stadium de la capital inglesa puede encontrarse, a menudo, con grandes manifestaciones y protestas. Son los más viejos seguidores del West Ham United. Llevan tiempo muy desencantados por las derrotas de su equipo –la última, el domingo, frente al Crystal Palace (1-2)– pero, sobre todo, presos de la nostalgia de su viejo campo, el entrañable Boleyn Ground, también conocido como Upton Park, por el barrio donde se ubicaba, en el East London.
Aquel viejo estadio lleno de vida y símbolos comunitarios, hogar ‘hammer’ durante 112 años, fue demolido en el 2016 para un desarrollo inmobiliario de la ciudad, y el club se mudó, no sin dolor, al Estadio Olímpico cercano, una decisión que hoy sigue lamentando la familia de los ‘irons’ y con enorme rabia.
En el considerado club londinense de la clase trabajadora se siguen lanzando pompas de jabón antes de los partidos y cantando el soñador himno ‘I’m forever blowing bubbles’, aunque ahora les domine la ira, porque sienten que se han perdido las esencias del club. El sentimiento de desapego al London Stadium se ha unido a los muy malos resultados con Graham Potter, quien está a un paso de la destitución, con el equipo antepenúltimo en la Premier y solo tres puntos en los cinco primeros partidos. Y todo junto ha instado al motín, al ver perdida también aquella identidad luchadora con la que ganaron la Conference League en el 2023 –su primer gran trofeo en 43 años--, con el escocés David Moyes en el banquillo. Lo que ha venido después, con Lopetegui y Potter, ha sido una pesadilla.
La desilusión es total y su expresión se ve cuándo el estadio se vacía en señal de protesta hacia la cúpula directiva, el empresario galés David Brady y la vicepresidenta Katreen Sullivan. Ambos llevan 15 años en el club y les culpan de su frustración por el aumento de los abonos, la mala política de fichajes y lo que llaman “promesas incumplidas”, como aquella frase célebre “a world-class stadium for a world-class team” (”un estadio de clase mundial para un equipo top mundial”) que les dijeron entonces. Los otros copropietarios son el magnate checo Daniel Kretinsky y la empresaria inglesa Vanessa Gold, tras el fallecimiento de su padre David, quien compró el club, junto con Brady, en el 2010. El traslado al London Stadium, en el 2016, fue solo beneficioso para el West Ham por el contrato de alquiler con el ayuntamiento londinense de 99 años, aunque sin ser propietario del terreno, lo que está limitando mucho el crecimiento de sus ingresos.
Situado en Stratford, el actual estadio está rodeado por un área de ocio y entretenimiento revitalizada en el East End, mucho turismo y grandes centros comerciales como Westfield, que contrastan con aquel espíritu sencillo de comunidad obrera que tenía el Boleyn Ground, los cercanos pubs de reunión de Upton Park y el Queen’s Road Market, en Green Street. Lo que echan de menos los seguidores del West Ham es justo esa ‘unique experience’ de comunidad que representaba un día de partido, un vestigio de una época pasada que ya no volverá.
Tras los traspasos en los últimos años de los mejores jugadores –Declan Rice (Arsenal) o Kudus (Tottenham)–, y sin refuerzos acertados que mejoren al club, no puede extrañar que la afición, frustrada por la falta de ambición, se sienta engañada, reniegue del equipo del sentenciado Potter y crea ya que todas aquellas bellas promesas de grandeza han muerto definitivamente.


