El veredicto de la historia

A raíz del último artículo publicado en esta sección de Opinión el 19 de diciembre, bajo el título ¿Los mejores estadios del mundo?, este periodista ha recibido diversos mensajes de miembros de anteriores juntas directivas, algunos con responsabilidades en ámbitos estratégicos del club, que discrepaban de una afirmación incluida en aquel texto. En el fragmento que motivó estas reacciones se afirmaba: “Posiblemente Joan Laporta tenga razón en un punto: Sandro Rosell debió mantener el proyecto de Norman Foster para el estadio en lugar de impulsar uno nuevo en una ubicación compleja o una remodelación del antiguo”.

Una de estas opiniones llegó por escrito. Era de Jordi Moix, que en su momento fue vicepresidente de Patrimonio y exponía lo siguiente: “El proyecto Foster, independientemente de la fachada, que podía gustar más o menos, suponía una descapitalización del club. Poca gente lo recuerda, pero el acuerdo urbanístico alcanzado con la ciudad implicaba la recalificación de toda la manzana del Miniestadi para construir 1.500 pisos, no 150, sino 1.500, en bloques apilados al estilo Bellvitge. La mitad de estas viviendas corresponderían al club y la otra mitad, junto con el suelo correspondiente, se cederían al Ayuntamiento. Además, al estar el entorno completamente colmatado, los equipamientos necesarios para estos nuevos pisos debían construirse en una nueva parcela que el club tendría que ceder dentro de la propia manzana del estadio, por donde actualmente se accede al Palau. El resultado habría sido la pérdida de la mitad de las 20 hectáreas de las que hoy dispone el club, dejando además al nuevo Palau sin espacio. Un auténtico despropósito patrimonial. Ser carismático y no tener conocimientos de urbanismo conduce a situaciones como aquella. Por suerte, se llegó a tiempo”. La opinión de este exdirectivo crítico se inscribe claramente en una visión contraria a la política de Laporta, a quien reprocha alcanzar sus objetivos aun cuando estos puedan suponer un lastre para la economía del club y una pérdida de su patrimonio actual.

Más allá del debate urbanístico y patrimonial, y también a raíz del mismo artículo, varios socios se pusieron en contacto con este periodista para confirmar que los asientos reclinables de las dos primeras filas de la tribuna invaden el espacio del asiento posterior, lo que ya genera problemas de movilidad y de comodidad.

Este será un año clave para las obras del estadio. En pocos días o semanas se completará el segundo anillo y el aforo aumentará en unas 20.000 localidades. A partir de ahí comenzará la cuenta atrás para la finalización de los dos anillos de palcos VIP y de la tercera gradería. La culminación de la obra, ejecutada por la constructora Limak, será la gran pantalla que cubrirá la instalación. Según informaciones procedentes del club, todo el conjunto estará terminado en 2028. Para entonces habrán transcurrido 13 años desde que los socios aprobaron en referéndum la construcción del denominado Espai Barça.

Un análisis de lo ocurrido conduce a la conclusión de que Laporta, Rosell, Bartomeu y nuevamente Laporta, sin olvidar el Ayuntamiento, han sido lentos en la ejecución de un proyecto que marcará la vida social, financiera, patrimonial y deportiva del club durante el resto del siglo. La tardanza, los malos acabados y la reacción de los socios cuando ocupen de nuevo sus localidades generarán un estado de opinión que, sin duda, marcará el debate sobre esta actuación de Laporta.

Todo apunta a que el nivel de insatisfacción puede ser elevado. El nuevo San Mamés registró algo más de 100 quejas en sus primeras fases de funcionamiento. Habrá que ver qué ocurre en el nuevo estadio del Barça. Por ahora, miles de socios ya se ven afectados por incomodidades derivadas de los asientos reclinables y de unos servicios que resultan insuficientes para las grandes afluencias en momentos puntuales, como los descansos de los partidos. La reubicación final será la prueba definitiva y será entonces cuando Laporta ya no podrá apelar a lo que hicieron o dejaron de hacer anteriores directivos. Será entonces cuando Laporta, con nombre y apellidos, se enfrente al veredicto de la historia.

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