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Y Marcus marcó a pares

El barcelonismo, para el inicio de la Champions que tanto ilusiona, esperaba que llegase la hora de Marcus Rashford. El inglés volvía a su país, a su ambiente, en el día que la ausencia de Lamine Yamal devolvía a Raphinha a la derecha. Después de cuatro partidos dejando destellos, algunas buenas jugadas pero pisando uvas cuando llegaba al área, hacía falta que la adquisición estrella del verano empezase a marcar las diferencias. Y lo hizo en el mejor momento y en la noche más importante de la temporada. El Barça no jugaba mal pero, simplemente, durante la primera hora de partido no era el Barça.

La presión inglesa era más que asfixiante. Los culés no podían pensar, no podían controlar el balón y apenas amenazaban el área rival. Los pocos disparos no eran ni tan solo ocasiones de gol. Además, los jugadores del Newcastle dejaban siempre un recado en forma de patadita a destiempo que desquiciaba a los jugadores del Barça, poco acostumbrados a un fútbol tan rudo como legítimo. Y, entonces, en el minuto 57, tras una galopada de Raphinha, Koundé se inventó un centro con la izquierda y la puso, justo, en el punto de penalti. En el lugar de un desaparecido Lewandowski apareció Rashford. Estaba plantado con los dos pies en el suelo y pegó un cabezazo girando el cuello que, desde los once metros, dejó al portero petrificado y silenció a las bulliciosas urracas de Saint James’ Park.

El Barça había hecho lo más difícil. Marcar. Y marcar en el primer remate a puerta. El segundo, solo nueve minutos después, también fue para adentro. Otro golazo de Rashford, con el pie, desde muy lejos, un zapatazo tremendo al palo contrario. Mejor dicho, a la cruceta. Era su hora para entrar en la historia del Barça. Y lo hizo.

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