La euforia de Florentino

En abril de 2012, un reconocido político hizo un pronóstico en este mismo diario a propósito de un FC Barcelona-Real Madrid CF que iba a jugarse en unos días en el Camp Nou.

La euforia generada por el mejor Barça de todos los tiempos propició un pronóstico de 4-0. El Barça perdió (1-2) y con ello sus opciones para ganar aquella Liga. Tres días después, el equipo de Leo Messi y Pep Guardiola perdería también en casa la semifinal de la Champions ante el Chelsea.

Hacer pronósticos es algo intrínseco en el mundo del fútbol, pero siempre es la esfera universal la que termina dictando la realidad.

Al Real Madrid de este año le está pasado algo parecido. Los pronósticos en el inicio de la temporada fueron de septete. Un deseo lógico, una meta entendible, ilusionante... Ganar las siete competiciones en la que el equipo participaba este año le hubiera convertido en el primer club de la historia en conseguirlo, dada la casuística del Mundial de Clubs que ha montado la FIFA y en el que, por deméritos propios, no está el FC Barcelona.

El exceso en las expectativas suelen jugar malas pasadas a los grandes equipos

A las primeras de cambio, en el primer título en juego de la temporada se alzaron voces en el entorno del madridismo que daban por hecho que la Supercopa de España estaba en el bolsillo y que el título que se jugaba en Jeddah iba a ser el primero que el equipo de Carlo Ancelotti iba a ganar este 2025.

El resultado de Jeddah es de todos conocidos. A las primeras de cambio el Real Madrid se despidió del septete. Ya sólo le queda, de momento, el sextete, un logro que, de ser alcanzado, situaría al Real Madrid al nivel del Barça de Pep Guardiola y del FC Bayern Múnich de Hansi Flick. ¿Les suena?

El sextete es muy difícil, Luis Enrique estuvo a punto de conseguirlo, pero una falta de preparación o mentalización en un partido de ida en San Mamés le privó de tal honor. Todo el mundo en Can Barça pensaba que el segundo sextete estaba ya en el bolsillo, pero no fue así.

Al Real Madrid le están pudiendo este año las urgencias y el exceso de euforia. Siguen teniendo pegada, pero no juegan bien al fútbol, condición básica para ganarlo todo.

Primero dieron por hecho que Vinicius Jr. iba a ser el Balón de Oro, sin pensar que con su comportamiento -el futbolista se está moderando - era impensable un premio de estas características. Después vino el jarrón de agua fría de Jeddah y la pentagoleada del Barça, sólo frenada por el colegiado Jesús Gil Manzano.

Con buenos arbitrajes, el Real Madrid hubiera recibido más goles en Arabia Saudí y también caído en la Copa ante el Celta de Vigo, en el mismo Bernabéu, el estadio inexpugnable donde el Barça les metió cuatro goles. Pero pese a los deslices, el Madrid aún está ahí. Compitiendo por cuatro títulos que les daría la posibilidad de jugar dos finales este mismo año y hacer un resultado extraordinario.

Esta situación de euforia-decepción que vive el Real Madrid es resultado de la ambición desmedida y poco deportiva de Florentino Pérez. No contento con tres Champions seguidas, Florentino quiere pintar el universo de color blanco y quiere hacerlo antes de hora.

Desde hace semanas se explica en esta columna que el principal problema del Manchester City es la flagelación pública que ha hecho su técnico Pep Guardiola. Su excesivo mea culpa ha complicado el día a día de su equipo. A Florentino Pérez le pasa a la inversa. Su euforia desmedida está atenazando al entrenador y ha colocado a Mbappé en una situación muy compleja.

En ambos casos, Manchester City y Real Madrid, la moderación son las claves para que ambos clubes acaben el año de la mejor manera posible. Y esta es precisamente lo que hace de Flick, impulsar ilusión, pero de forma moderada. El triunfo de Lisboa es el resultado de ello.

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