Toda la polémica que ha generado el Real Madrid con los árbitros está llegando a un punto insostenible. Empezó con algunos videos críticos y surrealistas en su televisión oficial, luego siguió con una queja formal de cuatro páginas incalificables, y ha acabado degenerando hacia un acoso y derribo contra José Luis Munuera Montero, colegiado que expulsó a Jude Bellingham en la última jornada de liga. Una roja por haberle insultado en inglés que, por cierto, tan solo le ha acarreado una sanción de dos partidos. Por esta decisión y la reacción posterior del conjunto blanco, Munuera Montero ha estado en el centro de la diana toda la semana, ha sido víctima de insultos y amenazas, y se le ha intentado apartar del arbitraje por un supuesto conflicto de intereses con una empresa que al final ha quedado en nada. ¿Hasta donde llegará la persecución blanca?
Se están traspasando todos los límites y por eso el estamento arbitral se ha visto obligado a defenderse con un comunicado en el que defienden a su compañero y lamentan que esta campaña (iniciada por el Real Madrid) esté provocando “ataques de odio y violencia verbal cada fin de semana, e incluso llegan a convertirse en violencia física en categorías de base”. ¿Qué tiene que pasar para que alguien ponga un poco de sentido común a toda esta locura?
Todos los actos tienen consecuencias y creo que el Real Madrid no es consciente de lo que puede acabar provocando su actitud irresponsable de estas últimas semanas. Su grandeza y sus altavoces deberían servir para transmitir unos valores mucho más sanos. No todo el mundo entiende que el fútbol es tan solo un juego, y este clima de tensión permanente puede acabar algún día en una tragedia que luego lamentaremos. Como dice el ex presidente uruguayo, Pepe Mujica: "El odio termina ‘estupidizando’ porque nos hace perder objetividad ante las cosas, el odio es ciego como el amor, pero el amor es creador, y el odio nos destruye".