De rabona como Erik Lamela

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El futbolista argentino se despide a los 33 años tras una carrera marcada por el dolor físico, la rebeldía del potrero y la jugada que lo convirtió en símbolo

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Lamela marcó un golazo de rabona pero acabó siendo expulsado ante el Arsenal

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El fútbol tiene jugadas que trascienden al tiempo, pequeños gestos que no necesitan traducción. La rabona es una de ellas: un acto de rebeldía hecho poesía. Nació en La Plata en 1948, con Ricardo Infante cruzando la pierna como un niño travieso que falta a clase, y se transformó en patrimonio de potrero, en guiño del 'pibe' que improvisa cuando la pelota queda incómoda.

De esa estirpe, con la zurda educada entre las veredas de Carapachay y sueños de jugar para River, nació Erik Lamela'Coco', como le llamaban, llevó la rabona a las grandes catedrales del mundo, la convirtió en bandera y hasta se dio el lujo de conquistar un Premio Puskás con ella, en un derbi londinense, con la camiseta del Tottenham. Aquella rabona al Arsenal no fue solo un gol, sino la reivindicación del calor del fútbol de calle en la era donde el frio llega a los estadios por su estilo ordenado.

Hoy, Lamela se despide con apenas 33 años, no porque le falten ganas, sino porque el cuerpo dijo basta. “Hace cinco años tomo pastillas para cada partido”, confesó con la crudeza de quien jugó más tiempo del que la medicina le había pronosticado. Once años de dolores en las caderas, cirugías, tratamientos, entrenamientos a medias… La rabona como metáfora de su carrera, siempre forzado a cruzar caminos, a buscar soluciones diferentes cuando lo simple ya no era posible.

Como la mayoría de virtuosos de este deporte, el 'Coco' no fue un jugador regular. Lesiones, actitudes de indisciplina y una barrera mental que nunca supo romper, privaron al jugador argentino de jugar entre los más grandes de Europa.

Sin embargo, en cada camiseta dejó destellos. En River se vistió de 10 demasiado pronto, en Roma Totti lo señaló como heredero, en el Tottenham regaló la rabona más bella de la Premier, en Sevilla levantó la Europa League, y en la Selección Argentina se mezcló con la generación de Messi. Su recorrido es breve en números, pero eterno en símbolos. Pero lo que quedará en la memoria es esa jugada imposible, esa que conecta su nombre al linaje de Infante, de Maradona, de los irreverentes que se atreven a bailar dentro de un partido.

La rabona fue su hilo conductor, un recurso que nació de la dificultad y se volvió símbolo de su vida. Forzó al cuerpo, cruzó caminos, buscó siempre la belleza aun en medio del dolor. 

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En su nueva etapa, acompañará a Matías Almeyda en el Sevilla como asistente, otra vez cruzando caminos con aquel que fue su capitán en días grises. Tal vez desde el banco enseñe a otros que el fútbol no siempre se juega de frente, que a veces la belleza nace de atreverse a dar la vuelta, a torcer lo establecido, como esa pierna que se esconde detrás de la otra para sorprender al mundo.

La rabona sigue viva, pero el ‘Coco’ se lleva una parte con él. En cada pachanga, en los pies de quien la intente con la risa cómplice de sus amigos, habrá un pedazo suyo. Porque aunque en el fútbol esté todo inventado, todos pueden intentan darle de rabona como Erik Lamela.

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