Carlos Alcaraz ha subido a la Torre Eiffel, ha visitado los Jardines de Luxemburgo. Después de sus primeros cuatro partidos en Roland Garros, día de asueto, sin entrenamiento en la instalación. Una rutina inusual cuando hay un Grand Slam en marcha. “Hay días que prefiero hacer físico solamente”, había significado el murciano. “Lo vamos hablando con mi equipo, pero para qué cambiar las cosas si funcionan”, apuntaba.
La dinámica cambió el miércoles. El entrenador, Juan Carlos Ferrero, restó tanta trascendencia a la práctica previa como a la modificación, a haber trabajado en cancha y con raqueta horas después de haber eliminado a Stefanos Tsitsipas, citándose con Novak Djokovic en semifinales.
“Sí entrenamos hoy. A veces pensamos que necesitamos un día de descanso, pero no es por lesiones u otras cosas. Lo hemos hecho antes, aunque aquí en París más veces, pero es para que Carlos esté fresco y recuperado”, explicó Ferrero, que ejerció de ‘sparring’ de su pupilo en una sesión ligera de 45 minutos, aunque con varias interrupciones.
Derechas, reveses, smash, volea y saque. Soltando cada golpe, muchas veces con más relajación que intensidad, porque anda muy fino de tenis. La bola fluye de su raqueta. Carlitos, bromeando con el campeón hace veinte años de Roland Garros, un Ferrero a quien retaba a que no respondería su servicio.
Un show más para los más de 200 espectadores que abarrotaban la Pista 2. Con otros teniendo que esperar en la cola a que saliera alguien para poder entrar.
Además de Alcaraz y Ferrero, pisando tierra batida estuvieron Álvaro Alcaraz, hermano mayor y con raqueta en mano. En un lateral, el mánager, Albert Molina, el fisio Juanjo Moreno y el médico, Juanjo López. Igual de relajados, en la grada, algunos familiares, como el padre Carlos Alcaraz.
Como colofón, media hora de Carlitos acudiendo a cada sector de la grada para regalar parte de las pelotas utilizadas, firmar autógrafos y mostrar su habilidad para consumar selfies a una velocidad de vértigo. Tomando un móvil y otro de los fans para que se llevasen el recuerdo.
“¡Carlos, Carlos!”, coreaban los aficionados, con mayoría de niños acercándose a primera línea para lograr el souvenir del nº 1 mundial, ajeno a los dos fornidos guardaespaldas que se preocupaban de resguardar la seguridad de un aspirante a ganar su segundo Grand Slam.


