En el corazón del Baix Empordà, a pocos kilómetros de las playas idílicas de Begur y sus calas escondidas, se alza el Castell d'Esclanyà, un testimonio vivo del románico catalán que combina la sobriedad medieval con vistas panorámicas al macizo de Begur y el Mediterráneo. Aunque no es un castillo monumental como los de Peratallada o Montgrí, su escala íntima y su estado de conservación lo convierten en un secreto perfecto para viajeros que eligen la zona de la Costa Brava.
Documentado por primera vez en 1362, este castillo se erigió en época románica tardía, aunque su función principal fue defensiva durante los siglos XIV y XV. Construido sobre la roca viva en un promontorio elevado, formaba parte de la red de torres de vigilancia contra las incursiones berberiscas que asolaron la costa catalana. Propiedad de linajes locales como los Esclanyà, sirvió como atalaya estratégica para avistar amenazas desde el mar y coordinar defensas con torres cercanas como la de Begur o Montjoi.
Su arquitectura es un manual del románico militar catalán: planta rectangular alargada (unos 10 x 5 metros), muros de sillería bien hilvanados y gran altura para maximizar la visibilidad. La fachada este destaca por un matacán (voladizo defensivo) y una abertura adintelada con arco de medio punto, ideal para arrojar proyectiles.
Las almenas se conservan solo en el lado norte, evocando un pasado de alerta constante. Durante la Guerra Civil Española sufrió daños menores, pero su robustez ha permitido una conservación notable y se tradujo en la declaración que obtuvo de Bien Cultural de Interés Nacional (BCIN).
Esclanyà, el diminuto núcleo donde se ubica (apenas unas casas de piedra y la iglesia de Sant Esteve, también románica, del siglo XII), es conocido como "pequeño núcleo románico de Girona", un oasis medieval en medio de olivares y pinares, lejos del bullicio veraniego de Begur centro.
Estado actual y atractivo turístico
Hoy, el castillo se mantiene en buen estado, aunque construcciones modernas ocultan parcialmente sus paramentos norte y oeste, integrándolo en el paisaje rural. No es un museo con visitas guiadas diarias —está en propiedad privada—, pero se puede admirar de cerca desde caminos públicos y su entorno.
Los aficionados a la arquitectura pueden recorrer el perímetro, fotografiar detalles como las hiladas regulares y disfrutar de vistas 360º al Empordà, el mar y el castillo de Begur a lo lejos. La iglesia contigua, con su ábside semicircular y restos de frescos, completa el dúo románico perfecto para una visita de 30/45 minutos.
Begur, a 3 kilómetros del castillo, enriquece la ruta: calles empedradas, el castillo medieval (visitable) y calas como Sa Tuna o Aiguablava. Es ideal para senderistas: el GR-92 pasa cerca, conectando con rutas circulares de 5/10 kilómetros por el macizo. En festivales como el de la castanya (octubre) o Cap de Creus, el área cobra vida con mercados y música tradicional.
Desde Barcelona hay que recorrer 140 kilómetros para llegar a Esclanyà. Se llega en coche en menos de dos horas tomando la AP-7 (dirección Girona/Francia), salida 8 Palamós/Pals, luego GI-682 hacia Begur. Hay aparcamiento gratuito al pie del núcleo y el viaje mola porque se trata de una "ruta escénica" con vistas al mar.


