El pádel, ese deporte al que le cuesta reconocer a sus mitos, despide a uno de ellos. Juan Martín Díaz Martínez. Esta vez, sin embargo, es diferente. La dimensión de su figura es tal que su huella trasciende el tiempo.
Un vistazo al ecosistema del pádel en las redes sociales estos días proporciona una idea del impacto que ha tenido en un deporte al que hizo grande cuando ni siquiera sabía lo que iba a ser. Un profesor de pádel de cualquier sitio, un jugador amateur con más sueños que talento, un pequeño club que todavía sobrevive, compañeros de ayer, rivales de hoy,... cualquier rincón del planeta Pádel está conectado a este hombre a través de la memoria.
El Galleguito, que justo mañana cumple 48 años, acaba de decirle adiós a la élite. El homenaje llegará en el Master Final de World Padel Tour en Barcelona pero su despedida en este pasado Open de México ofrece detalles sustanciales que dan forma al epílogo de un relato memorable.
Empezando por el lugar. México no es cualquier sitio. Justo ahí, en la tierra en la que nació este deporte, cuelga la pala quien más hizo por acercar el juego a la categoría de arte. El asombro, la exaltación, la conciencia de presenciar algo único, impropio del tiempo en el que sucede, el impacto individual y el sentimiento colectivo de público privilegiado, todo ello emanaba de la pala de Juan Martín.
Porque, en verdad, la figura de este irrepetible zurdo trasciende el palmarés, el ranking y los resultados, por más que de esto vaya sobrado. Sin pretenderlo, Juan ha sido mucho más que un jugador de pádel. Sobre la moqueta, ha sido un director de orquesta, con libreto propio, inimitable, que agita las emociones de la grada, las nuestras; que eleva a su antojo los sentimientos del público, que juguetea con la admiración, que da vuelo a la incredulidad y alimenta la sorpresa, mientras lo transforma todo en instantes perdurables. Recuerdos.
Cada ocurrencia suya sobre la pista, cada destello, nos anticipaba el mañana, aunque nosotros los disfrutábamos como si no hubiera. Cada invención de este jugador único era un regalo presente, pero también, una huella de futuro. En efecto, lo que hoy le admiramos a los Tapia, Coello, Lebrón, Galán o Stupa, ya lo adivinamos en este argentino de Mar del Plata que se hizo español para acabar siendo de todos.
Ahí reside también parte del simbolismo de su adiós. Al final, ni de unos ni de otros. La absurda discusión sobre la propiedad de Juan queda zanjada con su retirada en México, en la misma tierra en la que un tal Corcuera, hace medio siglo, le puso paredes a un divertimento familiar para evitar que fuera un incordio y terminó creando un pasión adictiva. No hay mejor lugar que el origen.
Tampoco, momento más propicio. La despedida de Juan Martín coincide con el alumbramiento de dos nuevos reyes, jóvenes y talentosos, el argentino Tapia y el zurdo español Coello. Entre los dos recopilan lo mejor de El Galleguito.
En México se han asegurado el trono del pádel profesional, la primera cima de sus incipientes carreras, aquella que tantas veces coronó Juan; un cruce de caminos entre los nuevos que gritan 'ya estamos' y aquel que recuerda 'yo soy'. Ser y estar. La diferencia es sustancial. Tapia y Coello, hoy, como Lebrón, Galán y Paquito, ayer, han estado en el número uno. En cambio, Juan Martín, o el propio Bela, en la era moderna de este deporte ; o los Sanz y Gattiker de la anterior, son números uno, un concepto que va más allá del resultado de un cálculo aritmético; es, más bien, una condición que se asume a partir de él, que se defiende en cada instante, dentro y fuera de la pista. Juan lleva tres décadas haciéndolo.
Ahora, esa ilustre trayectoria llega a su fin y coincide, a su vez, con el final de una era en el pádel profesional, un punto de inflexión que marca un nuevo rumbo. El pádel ya es negocio y busca nuevos horizontes en los que no estará este marplatense. Su presencia queda en lo que ya termina; aunque su esencia, lo intuitivo, lo inesperado, lo asombroso, permanece como legado para el juego.
El cierre de World Padel Tour y el adiós de Juan simbolizna, en cierta forma, el fin de una época en la que el deporte se ha catapultado al siguiente nivel. El recuerdo de ello debe formar parte del nuevo tiempo. Basta de resetear el relato cada vez que empieza un nuevo capítulo. En cada borrado se pierde historia y se oscurece, de forma injusta, a los genios. Cualquiera que sea el futuro que le depare a este deporte, o empieza a tener memoria o no será algo serio.
De momento, se queda sin Juan, el único jugador que justificaba el precio de una entrada cuando éstas ni se vendían. Todavía hoy, a medias por destellos y recuerdos, seguía mereciendo la pena. Nostalgia de lo imposible.
Hoy es aquel mañana que su genialidad nos insinuó. Es ya tiempo de los que acaban de llegar, y también de los que asoman con prisa para no esperar turno. De los Pibes y Superpibes, Tapias y Coellos, Lebrones y Galanes, de los Paquitos que perduran o de los Yanguas que se avecinan, también de los Augsburger y Libaak que tratan de atajar por arriba. El Galleguito deja el pádel en buenas manos; harán falta también buenas cabezas.
“Creo que no alcanzará un vida para que el pádel te devuelva lo que vos le diste a él. Que seas eterno Juan”, ha proclamado Sanyo Gutiérrez para rendir tributo a su compatriota. Lleva razón. Aunque despedirse en el lugar donde nació el deporte que él mismo hizo grande, en el torneo que confirma el cambio de guardia en la cima y al final de una etapa imprescindible del pádel, es una hermosa forma de honrar a este mito viviente.
Adiós, Juan, gracias por todo. Ojalá que te vaya bonito.
Juan Martín Díaz firma autógrafos en el Open de México, su último torneo como profesional.



