Entrar en el canódromo era como entrar en el túnel del tiempo. Allí no acudía el personal más refinado de la ciudad. El espectáculo no eran precisamente los galgos, estaba en la gente que se agolpaba en la barandilla jaleando a los lebreles boleto en mano y en los pasillos donde se apostaba desde la mañana hasta la noche.
La decadencia y gratuidad de esos recintos les hizo atractivos y sugerentes para un universo de gente de edad indeterminada. Allí se jugaba los cuartos desde el jugador incorregible hasta el padre creyente que se gastaba 25 pesetas el domingo en ventanilla para entretener a los hijos.
1. Pabellón de los Deportes.
El Pabellón tenía un magnetismo especial (1950-1999). Situado entre Gran Vía, Llançà y Sepúlveda, formaba un polo de ocio estratégico junto a la plaza de toros de Las Arenas, las verbenas del Pueblo Español, el ambiente multicultural de Hostafrancs y un Paralelo picante que burlaba al franquismo; sin olvidar la avenida Mistral, punto de encuentro en la noche de Reyes para padres humildes de familia numerosa que, sobre las 4 de la madrugada, regateaban con los feriantes las últimas escopetas de tapón y coches de bomberos. Junto al de Meridiana, fueron los últimos canódromos de los ocho que funcionaron en diversas épocas en Barcelona.
2. Espacio multiusos.
El 12 de julio de 1950 se inauguró con pompa con el nombre de Palacio de Deportes. Disponía de alumbrado nocturno y estaba todavía en construcción el velódromo de 200 metros de cuerda que rodeaba una pista de cemento para el boxeo, lucha, basket y hockey patines. Ello no impidió festejar el nacimiento de la instalación con una velada de boxeo en la que el campeón de Europa Luis Romero ganó a los puntos al suizo Calistro Etter ante más de 10.000 aficionados.
3. Ladridos de galgos.
En esa etapa el recinto albergó el debut de los Harlem Globetrotters en la ciudad, se ganaron dos Mundiales de hockey patines (1951 y 1954) y se celebraron cuatro campeonatos de España de ciclismo. Con el nuevo Palacio Municipal de Deportes de Montjuïc (1955), el espacio de la Gran Vía fue cedido en exclusiva para las carreras de galgos con el nombre de Canódromo Pabellón. Fueron los años de su apogeo y el momento álgido de los galgos. En los 60 también se vendían entradas para los partidos de fútbol del Barça, según explica el blog ‘Barcelofília’.
4. Hasta 16 carreras. Detrás de una carrera, la siguiente y así hasta 16, según el día. Se formaban largas colas de apostadores en los pasillos repletos de colillas y boletos caducados. Era feudo de hombres solitarios y apostadores, de pocas mujeres, cuadrillas de jovencitos curiosos, tipos raros deambulando y jubilados en busca de conversación. Todo ellos formaban un mundo peculiar en un ambiente perfumado de caliqueño y Veterano. Los amarillentos lavabos olían a rancio y los ladridos de los perros eran la música de fondo.
La llegada de la democracia y más tarde los movimientos animalistas fueron cambiando el escenario. No todos los sectores del lebrel respetaban las reglas y se lanzaron campañas contra el sufrimiento de los galgos, acogidas por un público sensible que se adaptó a los nuevos tiempos. No era admisible el estrés de los entrenamientos ni el hacinamiento en jaulas pequeñas ni el final que les esperaba, según se denunciaba.
5. Reinventar el estadio.
El antiguo canódromo de Meridiana era conocido en el barrio del Congrès y La Sagrera como el ‘hipódromo de los pobres’. Abrió sus puertas en 1964 (Premio FAD del arquitecto Antoni Bonet) y en 2009 fue el último canódromo en cerrarse en España. Las causas: una deuda imparable, las tasas y la pujanza del juego. Hoy es un Parque de Investigación recreativa en manos de los vecinos. Los galgos que derrapaban en sus curvas dejaron paso a talleres digitales para jóvenes y a un parque público para las familias. El barrio celebrará en octubre su Festa Major y se han organizado actos para compatibilizar el recuerdo de las carreras con debates y exposiciones de actualidad.
6. Hablan los empleados.
La web ‘Canòdrom’ recogió en 2011 un reportaje de Pau Faus con testimonios de vecinos y trabajadores del recinto. Historias y percepciones personales se mezclaban en una atmósfera contradictoria: ávidos apostadores, peleas, amenazas… Algunas de las opiniones recogidas en el vídeo:
César García y Ferran Feliu (vecinos): “El ambiente era muy agradable, de amigos y vecinos…”. Pedro A. Fernández (trabajador): “Veían una carrera y se iban al bar a por un traguito. Algunos traían su bebida y su bocadillo, no controlábamos la entrada de alimentos”. Francisco Ramón (vecino): “Mucha gente se fue a la ruina, se vendieron el taxi, la panadería…”. ”Pedían cinco duros para jugar y ahí se perdieron muchas amistades…matrimonios rotos”. “He visto romper las cristaleras, peleas, venir la policía…”. Josep Vergés (jefe de carreras), amenazado: “Hoy no llegarás vivo a casa”, me decían.
Todos dijeron que las carreras eran un espectáculo. Queda la nostalgia. El paseo interminable de los contendientes, los números de los chalecos, la salida del cajón y el estruendo del público.
Kubala, número 1 como entrenador sin suerte en los banquillos
Ladislao Kubala obtuvo en agosto de 1957 el número uno del cursillo de entrenadores de la Federación Española, al que se presentaron 35 aspirantes. El genial jugador azulgrana quedó por delante de su amigo Di Stéfano por medio punto, seguidos por Pepe Llopis Fernández, Louis Hon Antonin y Santiago Sanz Fraile. El ídolo de Les Cinc Copes se ganó al barcelonismo por su personalidad y talento hasta que la derrota en la Copa de Europa en la final de Berna ante el Benfica (1961) le marcó su nuevo destino. La brillantez que tuvo en su carrera como jugador no fue la misma que inició en los banquillos. Tras ser director de la Escuela del Barça, dirigió en dos etapas al equipo (1961-63 y 1980), al Español como jugador-entrenador dirigiendo a Di Stéfano (1964-65), FC Zúrich (1966-67), Toronto Falcons (1967), Córdoba (1968-69), España (1969-1980), Al-Hilal (1983-84), Murcia (1987), Málaga (1987-88), Elche (1988), España sub-21 (1992) y Paraguay (1995)