Movistar+ está emitiendo ‘El confesionario 2.0’, el formato de entrevistas que el periodista Antoni Daimiel ya hizo hace más de veinte años en Canal+. Fernando Romay ha sido el último en sentarse al otro lado de la celosía del confesionario. Dentro del receptáculo, un Daimiel muy metido en el papel de pseudocura, más talludito que en la primera etapa del programa, entrevista a figuras vinculadas al mundo del baloncesto. Roger Grimau, el árbitro Pérez Pizarro, el entrenador Moncho Fernández, los jugadores Pierre Oriola o Joel Parra o incluso el cantante Loquillo.
Cada entrevista dura unos diez minutos. “¿Hace mucho que no te confiesas?” les pregunta siempre Daimiel nada más empezar el programa. La sombra reticulada de la celosía le da cierto aire de misterio. Va vestido de negro riguroso, está cabizbajo, pensativo, algo condescendiente y se mueve con gestos lentos. Más que preguntar, hurga sibilinamente, como los curas más expeditivos. Y sabe escuchar. Crea una atmósfera -de cartón piedra y sutilmente cómica- que consigue sonsacar información al presunto pecador que, valiente, se sienta a su lado. De vez en cuando, el plano televisivo muestra al invitado a través de la celosía, potenciando el efecto intimista, casi secreto, de la conversación. El entrevistado adapta su talante al contexto y entra en el juego. Daimiel flirtea con el sistema del interrogatorio eclesiástico, pero huye del vocabulario y el simbolismo religioso.
En ocasiones, el periodista pregunta más allá de la temática deportiva: “¿Tienes tatuajes? ¿Has cerrado ya el cupo?” le pregunta a Grimau. “Si entraras en la habitación de tu hijo y lo pillaras mirando un vídeo, ¿preferirías que fuera de Ibai Llanos o porno?”
Daimiel puede preguntar por etapas presentes o de la infancia. La reflexión de Romay sobre el bullying tiene una perspectiva muy interesante. A Joel Parra le pregunta si todavía vive con sus padres e intenta comprobar su evolución madurativa. En cierto modo, Daimiel ejerce de sacerdote que sabe más de lo que aparenta y no es inocente en sus preguntas. El rol proto-eclesiástico le permite adquirir ese tono teatral entre la indiscreción y el sentido del deber. Es un juego, a medio camino entre el humor y el periodismo, que permite a los dos protagonistas, confesor y presunto pecador, huir de sus propios personajes para crear nuevos roles y, por lo tanto, encontrar una manera distinta y divertida de relacionarse durante un rato. Al final de la entrevista, Daimiel les da las gracias, pero quizá estaría bien que, manteniendo la teatralidad, sugiriera alguna penitencia para que se fueran en paz.