Sin escudo ni control

Sin escudo ni control

La mala temporada y el rechazo de la directiva hicieron que Xavi entrara muerto al domicilio de Laporta en la cena del Sushi. El presidente lo resucitó a cambio de su compromiso de obediencia y connivencia en la ocultación de la grave situación que vive el club y su apoyo al eufórico y fantasioso relato del dirigente, que afirmó al día siguiente que “hacía tiempo que no veía tanta ilusión en el barcelonismo”. Sin embargo, Xavi dejó de ser útil para Laporta, que venía caliente de la derrota ante el Girona, el día que escuchó los cánticos de “Barça Sí, Laporta No” en el último partido en Montjuïc ante la Real Sociedad, protagonizando otra habitual escena de indignación presidencial en el palco. Laporta descubrió en ese instante que Xavi ya no le servía como escudo, que era por lo que lo ratificó tres semanas atrás.

Es el problema del Barça actual. Se priorizan los intereses personales a los de la entidad. Y Laporta utilizó las realistas declaraciones de Xavi, previas al Almería, como excusa para convertir a otra leyenda, además de Messi y Koeman, en un pañuelo de usar y tirar, a pesar de que tres semanas antes aseguró que “no les daré el gusto a los que quieren reventarlo todo, Xavi es nuestro proyecto”.

Que esos volantazos no tapen que recibir dinero de un proveedor del Barça para sufragar los gastos personales de la directiva es una infracción del código ético que deberían haber evitado los órganos de control interno. El problema es que están ostentados por familiares y amigos del presidente. Y sin control hay descontrol

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