Una cosa es el pico de Rubiales y sus consecuencias, posiblemente el beso en la boca más famoso y catastrófico de la historia del fútbol, y otra el pico en que ha puesto Florentino Pérez a Vinicius, blanquísimo hasta 2027. Esta renovación, como la de todas las figuras merengues, lácteas o en vías de consagración, tiene un precio que ni la muerte de Sergio Leone, una cláusula a prueba de jeques locos que además calmará el ansia de enriquecimiento de los agentes del futbolista: ¡mil millones de euros! Una cuarta parte de la deuda del Barcelona si es cierto que cuando termine de pagarla en 2050 habrá consumido 4.000 kilos. El muro de Vini es inmarcesible, salvo que al último Premio Sócrates de France Football se le marchite la moral de tanto escuchar “¡mono, mono, puto mono!” por esos campos de España y sea él quien grite basta. O sean sus encargados de negocios quienes, como en la temporada pasada, aprieten al Madrid para que lo libere organizando una campaña de difamación exterior mientras calculan los beneficios de un traspaso.
Este país nuestro no es racista, pero mantiene a individuos de esa calaña, que también son imbéciles y xenófobos, alimañas estúpidas que asoman en los recintos deportivos y aledaños como una mancha de aceite, como esos bárbaros que quitan y ponen entrenadores en Marsella y que a las puertas del Vélodrome organizan dreas con premio a la mejor puntería: Fabio Grosso, entrenador del Lyon, recibió una pedrada en el rostro que estuvo cerca de dejarle tuerto. Sería conveniente no imitar el mal ejemplo francés y atajar la violencia, verbal y física, al menor indicio allá donde se produzca, caso de la leyenda de los mártires de Mestalla. Ah, y Vini que se contenga y se muerda el pico.