Iba a ser futbolista hasta que su suegro se convirtió en su primer entrenador de baloncesto. Y hasta hoy. Nicola Mirotic, se describe, con sus 2’08m y 113kg, como “un hombre muy orgánico”. Y sí, es de los que se cuida. En cuerpo, mente y espíritu. Creyente, practicante e involucrado en su comunidad, está orgulloso de su fe ortodoxa y utiliza sus redes sociales para compartirla. Antes de saltar a pista, siempre el último de su equipo: calienta, se concentra, reza y ya está “ready to score”.
Es de los que impone. Toda la intensidad y garra que demuestra bajo el aro es inversamente proporcional a la que imprime en su día a día. Estable, tranquilo y austero, su lugar preferido en el mundo es “su montaña” en Montenegro. Rodeado de bosque, animales y familia, Nicola reconecta con su esencia. Le gusta el pastoreo, el bosque y respirar su tierra. Siente profundamente sus raíces, aquellas que le devuelven a casa cuando se pierde. No lo hace a menudo. Tiene un carácter fuerte. Es de los que sabe lo que quiere y no le gusta que le digan lo que tiene que hacer. Y es que confía plenamente en sus capacidades e intuición.
Líder nato en la pista, se implica en todo lo que emprende y le gusta que le pregunten. Tiene opinión y experiencia y las comparte. Es amante del buen vino y del Rakia (brandy de frutas típico de los Balcanes) que hace su padre en casa. Me explican que es muy espabilado. Aprendió castellano conviviendo con un diccionario. Le gusta aprovechar el tiempo. De vez en cuando desconecta durante días las redes y los chats del teléfono para no perderlo en “cosas superfluas”. También sacrificó la tele del salón durante un tiempo. En su casa manda la música. Escucha temas tradicionales balcánicos, pero lo da todo con el “Volaré” de los Gipsy Kings.
Serio en la cancha, bromea fuera. Y mucho. Y a veces hasta el extremo. Le va la magia. Nada que envidiar a David Coperfield o al Mago Pop en el arte de la desaparición de móviles de compañeros despistados o en colarse en habitaciones ajenas para gastar jugarretas. No le gusta tanto recibirlas, pero encaja las vendettas de sus compañeros con risas y deportividad.
Buen conversador, lleva una vida sencilla y austera. Le gustan las pequeñas cosas para él, aunque siempre está dispuesto a hacer grandes para los demás. Adorado en Serbia por rescatar económicamente al Estrella Roja de Belgrado, dedica todo su tiempo fuera de los pabellones a cuidar a su familia por la que siente una total devoción.
Dicen que a veces las apariencias engañan. Otras aciertan, y yo adoro cuando sorprenden. Es el Caso de Nico, una persona que hace hermanos ahí a donde va y que siempre se echa de menos cuando ya no está.