El estado emocional de los culés suele viajar en una noria. Se suele pasar de la absoluta depresión a la euforia a la velocidad de la luz. Dicho esto, parece conveniente rebajar un poco el suflé.
Los de Xavi, excluyendo el accidente del partido ante el Rayo, vienen de golear a la Real Sociedad en Anoeta (1-4), hacer lo propio con el Valladolid en el Camp Nou (4-0), noquear al Sevilla en el Pizjuán por 0-3 y endosarle una manita al Viktoria Plzen (5-1) en la Champions. 16 goles a favor y solo 2 en contra en 4 partidos parecen argumentos suficientes como para desempolvar aquel babero que el aficionado blaugrana tenía ya casi olvidado en un rincón del armario.
Con los números en la mano, sería lógico dejarse llevar por esa corriente positiva, imbuirse de euforia y pensar en que debería llegar otra goleada en la Tacita de Plata.
Pero seamos cautos. El exceso de euforia en el fútbol se paga. El arranque de temporada del Sevilla es el peor de los últimos años y el equipo checo de Plzen está un poco lejos del Brasil de Pelé. Los 'tribuneros' lo saben, aunque les cueste verbalizarlo. Y no quieren lanzar las campanas al vuelo. Al menos, hasta que no se apruebe con nota el partido ante el Bayern.