Un campeón del mundo como Thomas Müller llega al cénit de su carrera y, a sus 32 años, todavía no sabemos si es mediocampista o delantero. Sabemos, eso sí, que con su fútbol aparentemente anárquico mete muchos goles y que, a menudo, marca los más difíciles y falla los más fáciles. El pasado martes, con 1-0 en el marcador, su testarazo a puerta a vacía ante el Villarreal, frenó la posibilidad del Bayern de Munich de llegar a otra semifinales de Champions. Los culés sabemos, por encima de todo, que al Barça le tiene pillada la medida.
En los últimos años no sólo ha sido un martillo pilón para Ter Stegen, ha sido el rey de los aspavientos en el terreno de juego sino que, fuera de él, se ha reído del Barça. Con o sin Messi, se ha vanagloriado de lo fácil que es ganarle al Barça y lo que le encanta jugar contra un equipo al que contaba haberle metido 8 goles en 7 partidos. Hoy se cumplen 20 meses del cruel 8-2 en Lisboa. Messi está en París, Setién ha vuelto con las vacas y Bartomeu, viendo el fútbol desde su casa. Pero ese todopoderoso Bayern, ya sin Hansi Flick y con el lenguaraz Nagelsmann en el banquillo, está fuera de Europa. Menospreciaron al Villareal. Dijeron que en la ida iban a sentenciar la eliminatoria y la soberbia les ha puesto en su sitio. El refranero popular español dice que “donde las dan, las toman”. En el caso de Müller, tras su terrible fallo y la eliminación a manos del Villarreal, podríamos escribir que “cuando las das, las Thomas”.