Ayer cogimos el cuarto vuelo de este Dakar, hacia el 5º vivac de esta edición, para empezar la segunda y definitiva semana de carrera. En teoría, debía ser motivo de alegría pese al cansancio que genera cada traslado. Cada vez más. Dejábamos el frío nocturno que vivimos en AlUla, Ha’íl y Riyadh. Nos dirigimos hacia el sur del país, a Wadi ad Dawasir, y ahí las temperaturas debían ser mucho mejores. Pero cuando llegamos al nuevo campamento, todo eran caras largas.
En medio de la nada, el constante movimiento de las banderas que señalizan cada zona del vivac nos avisaban. Hacía mucho viento. El suelo es de arena blanda y el aire, también. Respirabas arena. Tuvimos que ponernos el buff de forma permanente durante todo el día. La garganta se resentía.
Llegó la tos seca y los carraspeos constantes y estornudos, algo que acaba de rematar a algunos. En la sala de prensa, uno de los momentos que ya se ha convertido en una tradición desde hace años es cuando el mítico periodista argentino Marcelo Cammisa, de la radio ‘Cadena 3’, graba sus crónicas a pleno pulmón, gritando ‘el salteño volador’ y otros protagonistas.
Ayer Marcelo tenía que cantarle a todos los argentinos los triunfos de sus compatriotas, Kevin Benavides y Luciano Benavides. Pero se había quedado sin voz. La voz de la experiencia, había cedido ante el frío y la arena.
Lo peor sería por la noche. Lo supe por la mañana. Tras pelearme con el viento para plantar la tienda, clavándola con varillas al suelo a golpe de martillo, regresé a la media hora para ir a buscar un cargador a la tienda. “¡Nooo!”, grité. La esterilla, el suelo y la maleta ya estaban recubiertas de la primera capa de arena.
Esta noche, cuando encienda mi frontal para meterme en el saco, veré miles de partículas de arena revoloteando por la tienda. Las respiraré durante toda la noche. ¿Qué más puede pasar? ¿La lluvia? Ya nos azotó en años anteriores. Eso sería lo peor. Cruzamos los dedos. En teoría, no debería aparecer. Pero en el Dakar, nunca digas nunca.
