Periodista

La quimera

El Bayern ha ganado al Real Madrid en el sacrosanto templo de los milagros, el Bernabéu. Tal y como discurría la contienda, el 0-2 era una sentencia y no escampaba, hasta que Mbappé acertó, por fin, y con el 1-2 la paloma de la paz alzó el vuelo, muy tímidamente para el común de los mortales, como un halcón para el madridista montaraz. Es un hecho incontrovertible que en cualquier competición con partidos de ida y vuelta la victoria fuera es el adelanto de un billete para la siguiente ronda. Distinto es imaginar que en Múnich el equipo de Arbeloa puede obrar uno de sus clásicos prodigios europeos. Para que esto ocurra, las estrellas tienen que brillar al ciento por ciento y el entrenador debe acertar con la alineación inicial. Ejemplo palmario: si Bellingham está en condiciones es indispensable y cargar la responsabilidad en las espaldas del joven Thiago se antoja un brindis al sol, y Arbeloa no está para chinchines: se cayó de la Copa, prácticamente se ha despedido de la Liga, en la Champions no siempre sale City, o sea cara, y lo próximo es una quimera.

Durante tres cuartas partes del encuentro el Bayern fue tan superior que el verbo de Lineker se hizo de nuevo carne: “El fútbol es un juego de once contra once en el que siempre ganan los alemanes”. La sentencia data de 1990 y aunque ya no es así el martes lo parecía. El Madrid, casi hundido, se revitalizó con la entrada de Bellingham, que aportó ese apresto que exigen los cuellos de las camisas cuando sin ballenas, sin almidón y sin plancha sugieren trapos de limpiar. Y eso que le falta al Madrid de Arbeloa es lo que exhibe el Bayern de Kompany, fútbol, poderío, estrategia, calidad y una plantilla compensada.

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