No es la primera vez que un futbolista se marcha enfadado cuando su entrenador le sustituye. Sucedió en el clásico con la imagen viral de Vinicius abandonando el campo muy molesto. De hecho, se fue directamente al vestuario rompiendo un código innegociable. Por suerte para él, entrenador, compañeros, club y afición regresó pocos minutos después al banquillo y, además, ayer pidió perdón. Tal vez tarde, pero las disculpas siempre son oportunas, aunque en su nota cite a todos, pero no a su técnico.
Lo que daríamos por asistir a la conversación que Xabi Alonso prometió en la rueda de prensa. “Lo hablaremos”, dijo. Menudo trabajo de pedagogía para afrontar una situación con tanta repercusión mediática que poner cordura es un ejercicio al límite de lo imposible.
En uno de los viajes transoceánicos que la selección española campeona del mundo hizo después del verano de 2010, el entonces seleccionador, Vicente del Bosque, comentó con amplitud de miras en la estrechez del pasillo de un avión, ante un grupo de periodistas, que la mejor manera de enfrentarse a un conflicto para por entender las razones de tu contrario. A Xabi Alonso, que sabe que para las altas instancias del club Vinicius es patrimonio intocable, le corresponde profundizar en la mente de un chaval con pocos recursos para gestionar emociones. Lo fácil es machacarle por un acto que rezuma falta de respeto, pero su obligación es ganarse la confianza de un activo que necesita a su lado. Imponer sin que se note, reconducir sin exigencias, que, incluso, parezca que gana el jugador. De escuela Del Bosque.