Hace tiempo que cuando juega el Real Madrid hay dos partidos: el de Vinicius y el de los 21 restantes. Para bien, para mal, o para las dos cosas a la vez, el brasileño es un protagonista a parte cuando el árbitro señala el final y en El Sadar volvió a ocurrir lo mismo.
Para el cajón de los elogios esta vez dejó dos goles, la sensación permanente de peligro y la realidad de que se puede sentar en muchas mesas. Aunque puede que no en todas. Porque los datos le aúpan. En los últimos cuatro partidos suma seis de los once goles que ha marcado su equipo. Y ante Osasuna volvió a ser el MVP.
Y, por otro lado, para el cajón de los defectos, dejó una nueva amarilla por protestar (que acarrea sanción al ser la quinta) y nuevas muecas y gestos contra la grada que, siendo una rival, se dedicó a increparle durante todo el partido.
Porque sí, es difícil de entender. Mucho más de explicar, pero cada vez está más claro que Vinicius necesita al mundo en su contra para ser mejor jugador. Dicho por él incluso. Es por eso que da la sensación de que cuando no lo tiene, o no del todo, se lo busca.
Sin ir más lejos, en su celebración del 1-3, invitó a la grada rojilla a que le siguieran pitando y fue inmediatamente después cuando tuvo en sus botas el 1-4. Lo envió fuera. En definitiva, un jugador el brasileño capaz de todo. Volcánico. Y eso es bueno y malo para el Real Madrid. Es todo a la vez y en todas partes.


