No hay mejor escenario para gritar que un partido en Anfield, y más si se trata del efervescente duelo de máxima rivalidad entre los dos grandes clubs del noroeste de Inglaterra, los más laureados y los que más se odian. Esta vez, sin embargo, durante la helada y desapacible tarde del domingo, tras una feroz nevada en toda la zona norte, el ‘clásico’ inglés entre Liverpool y Manchester United tuvo un extraño clima de unión y solidaridad entre las dos aficiones, que desafiaron el frío para protestar al unísono y conjuntamente, en los alrededores del estadio de Merseyside, por el alto precio de las entradas que los clubs imponen en la Premier.
La histórica rivalidad en el campo de juego quedó por unos minutos a un lado antes del partido del domingo cuando Spirit of Shankly, grupo de animación del Liverpool, y FC58, seguidores del United, se unieron gritando en oposición al coste actual de las localidades. Resultó una poderosa muestra de solidaridad con la campaña ‘Stop Exploiting Loyalty’ , impulsada por la Football Supporters Association (FSA) del fútbol inglés. Las manifestaciones se llevaron a cabo antes del inicio del partido, en los alrededores de Anfield, y también dentro del estadio, donde se desplegó una gran pancarta en el lugar donde se unen las secciones de local y visitante.
Los dos grupos de seguidores comparten la voluntad de que el fútbol siga siendo accesible, con los hinchas apasionados en las gradas, y que se proteja la cultura y esencias del fútbol inglés. Su protesta tiene que ver con la inercia de los clubs a ir quitando derechos a los abonados y socios históricos en favor de una mayor oferta y más cara hacia los colectivos turísticos y empresas con fuerte poder adquisitivo. Ponen como ejemplo la decisión de Jim Ratcliffe y su nuevo equipo de dirigentes en el Manchester United de introducir un precio fijo de 66 libras para los socios a mitad de temporada, sin hacer ninguna consulta antes. La mercantilización del fútbol inglés está en el ojo del huracán de todas esas quejas. Sienten estos colectivos que son cada vez más despreciados y relegados de las grandes decisiones. La lucha es pues por conservar la tradición.
Con una creciente propiedad de grupos de inversión estadounidenses apropiándose de los clubs de la Premier -el último ha sido el Everton, con la llegada del Friedkin Group-, los seguidores del Liverpool y Manchester United ponen de manifiesto que su movimiento está en la dirección de “proteger el futuro de los clubs como comunidad” ante lo que consideran codicia y americanización del fútbol inglés. Esta vez el partido de máxima rivalidad inglés tuvo, pues, un elemento reivindicativo de inusual solidaridad, y tiene una fuerza que la Premier y los clubs no pueden ni deben desoír.
Como antes ha ocurrido en los estadios del Tottenham, Everton o West Ham, donde cada partido en el London Stadium se lanzan globos negros en señal de protesta, preocupa, y mucho, este frente contra los clubs, entregados a las exigencias del gasto y costes de sus plantillas, cada vez más caras de mantener para cuadrar los balances y cumplir las reglas de sostenibilidad financiera, con lo que elevan los precios de las localidades y abonos, lastimando los bolsillos de sus simpatizantes. Esta tónica general en Inglaterra y el clamor de respuesta son un serio aviso de la ola de descontento que se ha formado desde hace meses y que, de no frenarla, puede convertirse en un tsunami en los estadios ingleses.


