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¡Qué bueno que viniste!

Hoy hay que ganar al Villarreal, sin remontadas y cerrando el partido pronto. La receta sería efectividad y control. De conseguirlo, llegaríamos frescos a esa remontada que se antoja imposible, no tanto por el juego sino por esos elementos colaterales que provocan “vargüenza” ajena. Hay cosas que no cambian, pero el martes, aunque el ayuntamiento tampoco haya puesto de su parte para dar más aliento desde la grada, hay que demostrar lo que es el Barça. Aquí creemos en los sueños y sabemos lo que es remontar. Sin duda, no somos tan buenos en el apoyo como la afición atlética, una de las mejores del mundo. Tampoco tenemos a un técnico tan estrella y teatrero como efectivo. El Atlético vendrá a marcar un gol a traición para cerrar la semifinal, con ese Mordred llamado Griezmann o aquel hijo pródigo que debió ser expulsado en la ida.

No importa, tenemos al macanudo Pizzi, aquel al que el gran Puyal inmortalizó desgañitándose cuando ya no le quedaba voz, celebrando una épica remontada con el Atlético. El martes hay que invocar a los mitos o historias fundacionales de nuestras remontadas. La noche de Pichi Alonso y Urruti, la de Neymar y Sergi Roberto o apelar al espíritu de quienes nos hicieron grandes. El genio de Stoichkov, el pulmón de Neskeens o Puyol, la clase de Laudrup o Schuster, la magia de Ronaldinho o Maradona, la pegada de Krankl o Suárez. Todo suma para crear la atmósfera necesaria. Ni fría ni pasada de vueltas, pero sí poderosa. Somos el Barça y aunque la Copa no valga mucho, hay que dar un golpe sobre el terreno de juego.