El Barça ganó su última ACB hace dos años. De paliza (3-1) en la final contra el Real Madrid de Tavares y toda su colección de estrellas. Dos días después, Laporta, Cubells y Navarro decidían prescindir de Sarunas Jasikevicius. El motivo aducido fue que el entrenador lituano no quiso entrar a negociar una renovación a la baja. Consideraba que habiendo ganado dos Ligas en tres años, una Copa y, especialmente, habiendo clasificado el equipo los tres años para la Final 4, no había nada que recortar. Al fin y al cabo, Saras era herencia del pasado y pensaron que ahorrándose los más de 3 millones anuales podrían compensar su ausencia fichando a jugadores más eficaces y apostar por Roger Grimau. Pero en la vida, como en el deporte, muchas veces lo barato sale caro. Porque pagarles algunas fortunas a jugadores de rendimiento de medio pelo y negárselo a un entrenador diferencial, que iba a marcar una época, fue un mal negocio. Saras era el hombre. La prueba la tenemos ahora. Con solo año y medio en Fenerbahçe, Jasikevicius ya es el entrenador campeón de la Euroliga más competida de la historia. Sin ser favoritos, los turcos supieron eliminar a Panathinaikos en semis y dominar la final, de cabo a rabo, ante Mónaco, el equipo revelación del año. El error de prescindir de él, histórico.
¿Y el Barça? Ganó su segunda y última Euroliga hace ya 15 años, con Laporta de Presidente. Entonces el entrenador era Xavi Pascual y hasta 2016 ya no pudo reverdecer laureles. Después de él, el banquillo del Palau tuvo de inquilinos a Bartzokas (al que le faltó tiempo y equipo), Sito Alonso (al que le sobró todo) y la segunda etapa de Pesic (un buen parche para dar un vuelco a la situación). Y, entonces, en 2020, Bartomeu dio por fin con la tecla. Fichó a Jasikevicius. Tenía cuatro años de experiencia en el banquillo de Zalgiris pero el joven lituano enseguida demostró que sería un referente en los banquillos. Era, como entrenador, un obseso por la defensa, mucho más allá de lo que fue jamás como jugador. En ataque, tenía un libreto de mil sistemas y una intuición innata, de director de orquesta, para leer qué jugada era más conveniente en cada situación, según cada defensa rival y cada momento de partido. Su forma de tratar a los jugadores durante los 40 minutos, chillón y duro, sacaba lo mejor de la mayoría de ellos pero atenazaba a otros. Eso sí. Era el líder de la plantilla y tenía, en el Palau, un carisma como pocos entrenadores. Qué lástima que le echásemos por la puerta de atrás. Eso sí, estuvo a punto de rajar pero se mordió la lengua y se limitó a decir que “la decepción es enorme sin ninguna duda por el maltrato de estos días sobre mi familia. Un día hablaré claro, no quiero hacer más daño”. No lo ha hecho. Ha preferido callarse y buscar el lado bueno de la vida. Es la grandeza del Barça. De Messi a Llauradó, de Xavi a Reverter, de Jasikevicius a Guiu, todos son tan culés que, para no hacer daño al Club, guardan silencio, públicamente, de lo que han vivido y de lo que han sabido.
ME HA GUSTADO
El vuelo de los extremos del Palau
Aitor Ariño ya no jugará más en el Palau Blaugrana. En su último partido en casa, se llevó la ovación que se merece, al igual que Gonzálo Pérez de Vargas, otro grandísimo de la sección de balonmano que se va a jugar a Alemania. Sin duda, los porteros son parte del espectáculo en este deporte, pero mi debilidad han sido siempre los extremos. Desde los tiempos de Sagalés y Serrano, esa manera de volar, de sostenerse en el aire, de abrir el ángulo, de dejar el balón una décima antes de poner un pie en el suelo, es la parte más plástica, estética y espectacular del deporte que más alegrías le está dando al Barça en las últimas décadas. La prueba son los números de Ariño. El jugador que llegó a los 12 años a las categorías inferiores y que se puede ir, como profesional, con la friolera de 75 títulos, si el equipo gana la Copa y la Champions. Los extremos son los jugadores más menudos entre torres, escurridizos, velocistas del contrataque y con una mano de seda para una rosca o para una vaselina. Ariño también está ya en nuestros corazones y nuestra memoria, por tan buenos ratos. Como Rafa Guijosa o Antonio Carlos Ortega, Fernando Barbeito, Juanín García y, naturalmente, el carismático Víctor Tomàs o Aleix Gómez, la joya que todavía nos queda en el equipo para seguir dando brincos de felicidad.
NO ME HA GUSTADO
Los pitos del pasillo de San Mamés
El Barça no había vuelto a jugar en Bilbao desde que, en agosto, puso toda la carne en el asador para fichar a Nico Williams, la gran perla del Athletic en las últimas décadas. Incluso Laporta rompía una de las normas básicas de no hablar del interés por un jugador de otro equipo. El populismo del aspaviento se paga caro. En San Mamés no han perdonado que el Barça se quisiese llevar a Nico. Y, menos aún, hacerlo sin negociar con el Club vasco e intentando seducir al jugador. Si la soberbia culé del verano indignó a los leones, en Bilbao he constatado recientemente qué consideran que el Barça ha ganado esta Liga con trampas. Distintos aficionados del Athletic me manifestaron que Dani Olmo no debería jugar la competición porque le inscribimos fuera de plazo. Para ellos, la cautelarísima del CSD son mandangas políticas de Pedro Sánchez para no hacer enfadar a Puigdemont y a Junts. Y, cuando defiendes la actuación del Barça, entonces sacan el caso Negreira y el vínculo Barça-mafia vuelve a aparecer. Así, cuando el campeón de Liga saltó al césped y los caballerosos jugadores de Valverde hicieron el pasillo al once de Flick, la pitada fue tremenda. Ninguna sorpresa. Después, no hacía falta la ofensa pública de Masip, afeando de nuevo a la afición del Athletic. El próximo año tendremos que volver a visitar a los leones.
MALA LECHE
1. ¿Cuántos pericos habrían firmado el pasado sábado, antes del penalti a favor del Espanyol, quedarse en Primera y que Joan Garcia se fuese al Barça?
2. Kvaratskhelia ha ganado dos grandes Ligas en un año. La francesa con el PSG y la italiana con el Nápoles. La pregunta es: ¿el georgiano cobrará las dos primas?
3. El Barça femenino tiene un avión de Vueling tuneado para ellas por fuera y por dentro, pero el Barça no montó ni un solo avión hacia Lisboa para los aficionados. Todos en autocar. Menuda paradoja, ¿no? ¿Qué podía salir mal?
4. Y otra vez el José Alvalade, como estadio maldito. El día antes de ese Barça-Bayern de hace 8 años a puerta cerrada, Arturo Vidal dijo: “Demostraremos que somos el mejor equipo del mundo”. Las declaraciones de Xavi Puig, antes del Arsenal-Barça, tenían un tono muy parecido. Cuando vamos a recoger las copas, tururú.
5. Primera convocatoria de Ancelotti con Brasil. Casemiro está en la lista. Es la constatación que Carletto ha visto pocos partidos del United en los dos últimos años.