Después de toda la controversia que generó la no continuidad de Mirotic y Jasikevicius en el Barça, no era nada fácil encandilar en el acto de presentación del nuevo entrenador, como lo supo hacer Roger Grimau, el capitán que levantó en París en el 2010 la segunda Euroliga de básket. Contó con la ventaja, que el acto coincidió con el día de su aniversario y que sus hijos Joel y Vega irrumpieron con una pastel con 45 velas que le tocó apagar, con el deseo compartido por todos los asistentes de augurarle el máximo de éxitos como entrenador en el banquillo del Palau.
Pero a la buena puesta en escena prevista por el club, hay que sumar el emotivo y centrado discurso del nuevo 'coach', un hombre de la casa, como lo fue hace quince años Xavi Pascual, que junto a unos conocimientos que estaban por demostrar, sumaba la ilusión de todo barcelonista de poder convertirse en profeta en su propia casa. Roger Grimau es una apuesta arriesgada de los responsables de la sección, por la tan maldita falta de experiencia, pero que por ilusión no lo superan ninguno de sus rivales que le tocará compartir en la Euroliga y la ACB. Además estará bien acompañado por un sólido staff, integrado mayormente por ex compañeros y contrincantes de su generación como Carles Marco, Victor Sada o Rafa Martinez, gente con mucha mili en las canchas, que tampoco querrán dejar escapar la oportunidad que se les brinda.
Roger, que ha vivido el básket como una tradición familiar -su padre Antoni se formó en la base del Barça y sus hermanos Sergi y Jordi, también jugaron en la Liga ACB-, descubrió el momento como uno de los más ilusionantes de su vida, convencido de que “lo vamos a pasar bien”. Con la seguridad de que los refuerzos que llegan son de calidad contrastada y que cubrirán el vacío dejado por los que han marchado. Un cambio de perfil de jugadores nacionales comprometidos con poder jugar en un grande, a cambio de extranjeros de ida y vuelta, muchos de ellos con la única implicación de lo que exige el clausulado de sus contratos.
Como en la década de los ochenta, con los Solozábal, Sibilio, Epi, De la Cruz, Jiménez o Norris, entre otros, y posteriormente en la primera del siglo XXI, en las que se ganaron las dos perseguidas Euroligas, se requiere de un núcleo duro en el vestuario que se implique con las necesidades del club y que sepa transmitirla a los llegados de fuera. Figuras foráneas, pero con escasa identificación.
En el deporte profesional de alta competición, como resulta ser el básket, la estrecha relación entre sus integrantes fuera de la pista, resulta ser tan productiva como los sofisticados sistemas de juego que se dibujan en la pizarra del entrenador durante los tiempos muertos. La camaradería y el compañerismo son elementos intangibles, que a pesar de no verse, suman tanto o más que los puntos, triples, tiros libres anotados, rebotes capturados o asistencias repartidas que aparecen en las tan comentadas estadísticas. Durante más de veinticinco años compartí viajes con los gigantes del baloncesto, con los que con muchos, todavía, mantengo una entrañable relación. Y les puedo asegurar que las partidas de parchís, o las discusiones en el dominó por una ficha mal puesta y las cenas de después de los partidos, sumaban más puntos que las largas y aburridas sesiones de video, con que solían obsequiar los entrenadores a sus jugadores. Por ello Roger lo primero que quiere recuperar para su equipo es el buen rollo en el vestuario, para poder pasarlo bien.