El dueño del balón

El dueño del balón

Leo Messi llevaba 16 años soñando con ser el verdadero dueño del mundo del balón, en darle un beso a ese trofeo que finalmente el domingo pasado pudo tener en sus manos, acurrucarlo en sus brazos, levantar con sus compañeros y ofrecerlo a todo un país. Su Argentina ya sumaba 36 años rezando y cantando porque resurgiera Maradona en el cuerpo de Messi. Desde aquel Mundial de México, en 1986, llevaban persiguiendo ese título que los volviera a ubicar en el mundo como los dioses del fútbol, los dueños del balón. O como lo deseaba aquella publicidad de Quilmes previa al Mundial de Sudáfrica que bendecía y maldecía por doquier: “Y bendito ese momento que nos regala el fútbol de poder cambiar nuestro destino y sentir otra vez y frente al mundo lo glorioso de ser argentino”. 

Hablaba de las finales que no jugaron, los Mundiales con los que soñaron y también de las cábalas que dan resultados. Para este Mundial creyeron más que nunca en ellas a través de otro anuncio de premio. Recordaron que la final de México-86 también fue programada a las 12 del mediodía, como la de Qatar, que Canadá también se había clasificado aquel año, que había llovido en Buenos Aires antes de Navidad, que Júpiter también había estado en Piscis como este diciembre, y que en el 86 tenían al mejor del mundo. Como ahora. 

Todas las coincidencias posibles para creer en su selección, en los pibes que surgen de los potreros, sentirse los mejores y en poner anestesia a los dolores de un pueblo entero. Argentina ha resurgido de la mano del mejor Messi, el jugador que por fin puede dormir tranquilo. Ha pagado su “deuda” con el país. Bendito seas siempre.

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