Acaba la temporada y toca reconstruir después de un ciclo glorioso que como todos, llega a su ocaso. Es el devenir histórico. Todo es cambio. Laporta anda vestido de Sleepy Hollow, cortando cabezas porque es necesario bajar la masa salarial y dar espacio a los que vienen con renovadas ilusiones.
Soy de los que cree que para alentar un nuevo ciclo hay que tener al crack en el banquillo. En vez del dinero en el campo, mejor invertirlo en un gran técnico que pueda forjar un equipo competente con jugadores jóvenes y de clase media, tal y como hizo Jurgen Klopp con su Borussia y luego en el Liverpool, o Nagelsmann en el Leipzig. Sin duda, la escuela alemana es la heredera del jogo bonito o la naranja mecánica. La nueva generación de entrenadores teutones ha venido a protagonizar la era contemporánea con un fútbol que además de tesón y fuerza, añade técnica, velocidad, valentía y amplios recursos tácticos. Por ejemplo, los que le vimos a Thomas Tuchel, barriendo al Madrid de la Champions o en la última final, cuando su PSG estuvo a punto de vencer al poderoso Bayern de Flick, el técnico que ahora suena para el Barça. Me encanta Klopp y siempre será mi primera opción, pero si Flick viene, estaré encantado de contar con un miembro de esta gran generación que creció al amparo del buen fútbol de Low.
Siempre estaremos agradecidos a Koeman pero este Barça tan herido, precisa de un entrenador que explote las virtudes del equipo y tape sus carencias. Alguien que estudie a los rivales y tenga cintura táctica. Un psicólogo que aliente y abronque a los suyos. Hoy más que nunca, los cracks están en los banquillos. Pronto veremos un Guardiola-Tuchel. Mientras el “hijo pródigo” no quiera volver, haremos bien en encomendarnos a un técnico alemán