Juan Sanguino: "Aitana vive en una contradicción permanente con su propia fama. Quiere ser normal, pero es imposible cuando eres una estrella"

ENTREVISTA MD

El periodista Juan Sanguino analiza cómo la imagen de Chenoa en chándal ejemplifica el viaje sociocultural que ha experimentado España durante los últimos 20 años

Juan Sanguino
Juan SanguinoPhoto by Juan Naharro Giménez

'Delirios de España', el exitoso formato de Podium Podcast (PRISA Media), continúa con su gira de teatros con una función doble en Barcelona. El sábado 11 y el domingo 12 de abril, el Teatre Apolo acogerá una nueva edición del espectáculo, en el que el periodista Juan Sanguino aborda la evolución de España durante las últimas décadas desde el prisma de la cultura popular.

El periodista Juan Sanguino analiza cómo la imagen de Chenoa en chándal ejemplifica el viaje sociocultural que ha experimentado España durante los últimos 20 años. El periodista no estará solo sobre el escenario del Teatre Apolo. El sábado 11, las cantantes Rigoberta Bandini y Belén Barenys serán las encargadas de acompañar a Juan Sanguino en esta retrospectiva sobre machismo y cultura pop. Un día después, el domingo 12, el cómico Ignasi Taltavull tomará el testigo y se sumará al show.

Juan Sanguino, en 'Delirios de España'
Juan Sanguino, en 'Delirios de España'Prisa

Antes de este encuentro con su audiencia, 'Mundo Deportivo' ha podido charlar con el periodista Juan Sanguino sobre cómo ha evolucionado la cultura pop en España y qué personajes siguen apostando su granito de arena a que esta maquinaria siga existiendo.

Llegas a Barcelona con la gira, ¿qué se va a encontrar el público que vaya a verte al teatro?

Yo mismo me sorprendí cuando hicimos los 'shows' en Madrid por la energía que se creó en el teatro entre el público. Sabía que la historia era buena, porque es una buena historia, con muchos elementos. Es una historia que a la gente le suena lo suficiente como para disfrutar de la anticipación —"ahora viene 'OT', 'ahora cantan 'Escondidos', ahora el chándal, ahora la cobra"—, pero no tienen todos los detalles en su memoria.

Entonces es una combinación muy divertida entre saber lo suficiente como para disfrutar del proceso, pero a la vez descubrir sorpresas y detalles que te hacen pensar: "Guau, no puedo creer que esto pasara así". Y que, además, se convirtiera en todo ese viaje mediático.

Estamos hablando de una mujer que caía antipática porque era muy segura de sí misma y no encajaba en el canon de lo que debía ser una mujer. No era frágil, no era vulnerable, no era insegura ni tímida —aunque lo fuera en lo personal—. Cuando el público ve esa evolución, hablamos también de la sociedad española de principios de los 2000, que no sabía muy bien cómo tratar a las mujeres seguras y las etiquetaba como prepotentes o soberbias.

Y cuando ella se muestra vulnerable —en chándal, desmaquillada, llorando—, la gente empieza a quererla. Pero lo hace desde la compasión. Ese viaje de la figura mediática es muy interesante, también para analizar cómo ha evolucionado la sociedad en su mirada hacia las mujeres.

Chenoa, en 'The Floor'
Chenoa, en 'The Floor'RTVE

¿Cómo crees que ha cambiado la manera de entender la cultura pop en estos últimos veinte años?

Durante el siglo XX, la cultura pop en España se asociaba mucho a la evasión. En parte por la dictadura, donde la música, el cine o el teatro no podían expresar libremente reflexiones sociales o políticas, así que todo era más lúdico y frívolo.

Con la democracia, la cultura empieza a representar todos los tipos de personas y pensamientos. Pero en los 80 y 90 aparece un cierto esnobismo cultural: lo folclórico se asocia a la incultura. Artistas como Rocío Jurado, Isabel Pantoja o Julio Iglesias fueron convertidos casi en un chiste.

Cuando los millennials crecen y redescubren a estos artistas, dicen: "Esta gente era increíble". Y empieza una reivindicación. La cultura pop pasa a ser una herramienta válida para entender la sociedad. Es lo que nos une.

Cuando vas a una boda y no conoces a nadie, hablas de Aitana, de una serie, de 'Stranger Things'. Eso construye comunidad. Y ese análisis no empezó hasta que los millennials comenzaron a crear contenido y a reivindicar su propia cultura.

Juan Sanguino
Juan SanguinoPhoto by Juan Naharro Giménez

Sobre los medios tradicionales, ¿crees que la televisión está muriendo o adaptándose?

La televisión tradicional sigue siendo la mejor forma de compartir experiencias en comunidad. Tiene algo que las plataformas aún no han conseguido: el directo. Ese elemento de urgencia —de que puede pasar cualquier cosa— genera una conexión brutal. Si pasa algo en directo, lo estás viendo tú, tu madre, tu pareja… y eso crea conversación inmediata. Por eso los programas que mejor funcionan siguen siendo los que están conectados con el presente, como 'La Revuelta', 'El Hormiguero' o 'Zapeando'. Las plataformas todavía no han logrado replicar esa sensación.

David Broncano, en 'La Revuelta'
David Broncano, en 'La Revuelta'RTVE

Hablando de personajes públicos actuales, ¿cuál te parece más interesante de analizar?

Aitana, sin duda. Me parece el personaje más interesante ahora mismo porque reúne muchas de las tensiones que definen la cultura pop actual. Por un lado, tiene todos los elementos de la celebridad clásica: es reconocible, tiene una carrera musical sólida, ha tenido una evolución pública muy clara y, sobre todo, tiene un relato. Y eso es clave. No es solo una cantante que saca canciones, es alguien cuya vida se sigue, se comenta y se interpreta constantemente.

Pero al mismo tiempo, representa muy bien una nueva forma de relacionarse con la fama, mucho más contradictoria. Aitana tiene una necesidad muy fuerte de mostrarse cercana, accesible, casi como 'una chica normal'. Quiere que el público la vea como alguien con quien se puede identificar.

El problema es que eso entra en conflicto directo con lo que significa ser una estrella. Porque una estrella, en el imaginario colectivo, no es normal. Es alguien excepcional, alguien que genera fascinación precisamente porque está un poco fuera de lo cotidiano.

Y ahí aparece una tensión constante. Por un lado, ella expone su vida, habla de sus relaciones, se muestra vulnerable, comparte procesos personales… pero, por otro, le incomoda que esa exposición tenga consecuencias, que el público opine, que se genere conversación sobre su vida privada.

Esa contradicción es muy interesante desde el punto de vista narrativo. Porque no hay nada que genere más atención que el conflicto. Y en Aitana ese conflicto es continuo: entre lo público y lo privado, entre la estrella y la persona, entre el control y la exposición.

Además, es un personaje muy transversal. No es una figura que interese solo a un nicho joven, sino que atraviesa generaciones. Puedes hablar de Aitana con gente de 20 años, pero también con personas mucho mayores, porque aparece en programas generalistas, en prensa del corazón, en redes… está en todos los espacios.

Y luego hay otra capa que me parece clave: su entorno. Porque muchas veces el análisis se centra solo en ella, pero el verdadero 'delirio' está en todo lo que la rodea. En las decisiones que se toman, en las expectativas que se construyen, en la presión por convertirla en 'la número uno'.

Da la sensación de que hay una idea muy clara de lo que debería ser su éxito —grandes cifras, grandes estadios, grandes hitos—, pero no necesariamente de lo que ella necesita como artista o como persona. Y eso genera aún más tensión.

Por eso digo que Aitana es un personaje fascinante: porque no es solo lo que hace, sino todo lo que representa. Es casi un espejo de cómo funciona hoy la fama, de cómo consumimos a los personajes públicos y de cómo ellos intentan gestionar algo que, en realidad, es muy difícil de controlar.

La cantante elogió a su compañera en gala de LOS40 Music Awards antes de cantar 'Superestrella' en el escenario del Roig Arena
Aitana, en LOS40 Music Awards

¿Y por qué siguen enganchando tanto figuras clásicas como Lola Flores o Rocío Jurado?

Porque eran estrellas en el sentido más puro. No intentaban parecer normales. Eran generosas con el público y tenían una personalidad muy marcada. Hoy muchos artistas quieren ser cercanos, 'normales', pero el público no busca eso en una estrella. Busca espectáculo, misterio, algo excepcional. Ellos se abrazaban a su condición de estrellas. Hoy hay una tensión constante entre querer ser normal y ser famoso, y eso genera contradicciones.

¿Crees que hay personajes sobreexplotados?

No me aburre ninguno, porque siempre puedes encontrar nuevos ángulos. Pero sí hay figuras muy contadas, como Marisol o Raphael. Aun así, el caso de Marisol es fascinante porque es un misterio sin resolver. Es un relato sin final, y eso hace que nunca se agote.

¿Cómo ves en España el fenómeno de los 'hijos de...'?

En España hay una mirada mucho más crítica hacia ese fenómeno que, por ejemplo, en Estados Unidos. Allí existe casi una fascinación por las sagas familiares, por las estirpes artísticas. Hay una especie de pensamiento mágico muy arraigado: la idea de que el talento se hereda, de que pasa de padres a hijos casi como si fuera algo genético.

En cambio, en España somos mucho más escépticos y también más duros. Aquí rápidamente se interpreta desde el prisma del privilegio. La palabra que aparece enseguida es 'enchufado'. Hay una sospecha constante de que esa persona no está ahí por mérito propio, sino por sus contactos o por su apellido.

Y eso tiene mucho que ver también con una mentalidad bastante arraigada en nuestra cultura, que es la del mérito. Esa idea de que tienes que ganártelo todo desde cero, de que el sufrimiento legitima el éxito. Entonces, cuando alguien parte con ventaja, genera rechazo.

Pero al mismo tiempo, creo que simplificamos demasiado. Ser hijo de alguien famoso no hace que tu camino sea necesariamente más fácil. Es distinto. Tienes más oportunidades, sí, pero también más presión, más comparación constante y menos margen para equivocarte. Es como si tuvieras que demostrar el doble: primero que vales por ti mismo y, segundo, que no estás ahí solo por tu apellido. Y eso también puede ser muy difícil de gestionar.

Alba Flores, en 'Lo de Évole'
Alba Flores, en 'Lo de Évole'laSexta

¿Has cambiado de opinión sobre algún personaje al investigar más?

La hemeroteca te demuestra que muchas opiniones que creías propias en realidad estaban influenciadas por medios y discursos de la época. Yo ya tenía cierta simpatía por Mar Flores desde pequeño. Me llamaba la atención que se hablara de ella en términos muy duros, muchas veces desde comentarios muy machistas, y a mí me generaba cierta incomodidad. Pero aun así, tenía interiorizada una idea general sobre su figura, como todos.

Cuando me metí a investigar de verdad, lo que descubrí fue bastante impactante. Primero, porque la realidad de su historia era mucho menos escandalosa de lo que se había construido. Y segundo, porque el nivel de violencia mediática que sufrió era muchísimo mayor de lo que imaginaba.

Y no estamos hablando solo de prensa del corazón, que ya de por sí puede ser dura. Hablamos de medios generalistas, de columnas de opinión firmadas por grandes nombres del periodismo. Gente con prestigio, con autoridad, dedicando espacios a insultarla o a sexualizarla de una manera brutal.

Ahí es donde te das cuenta de que no era solo una cuestión de cotilleo, sino de un contexto cultural mucho más amplio, donde a una mujer joven, guapa y con vida sentimental activa se la podía juzgar sin ningún tipo de filtro.

Y cuando analizas su historia con distancia, ves algo mucho más humano. Ves a una mujer que toma decisiones, que se equivoca, que se deja llevar —como hacemos todos—, pero que fue convertida en un símbolo sobre el que proyectar prejuicios.

A mí lo que más me impactó fue darme cuenta de que incluso mis propias ideas sobre ella estaban condicionadas por ese relato mediático. Es decir, crees que tienes una opinión propia, pero en realidad es algo que has ido absorbiendo sin darte cuenta.

Y ese ejercicio de desmontar esa narrativa es muy potente, porque no solo cambia tu visión sobre Mar Flores, sino sobre cómo se construyen las historias en general y cómo los medios pueden influir en la percepción colectiva.

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La modelo y empresaria Mar FloresDaniel Gonzalez / EFE

¿Qué te sigue emocionando de la cultura pop después de analizarla tanto?

El misterio, sin duda. Es lo que nunca deja de sorprenderme. Llevo más de diez años trabajando con cultura pop, analizándola, desmenuzándola, intentando entender por qué funcionan unas cosas y otras no… y hay una parte que sigue siendo completamente inexplicable.

Porque al final puedes identificar patrones: estructuras narrativas, tipos de personajes, momentos históricos, contextos sociales… pero siempre hay algo que se escapa. Hay historias que, sobre el papel, lo tienen todo para funcionar y no funcionan. Y otras que, a priori, parecen mucho más pequeñas o más simples y de repente capturan la imaginación de todo un país.

Ese "por qué" es lo que me fascina. Por qué una historia cala y otra no. Por qué un personaje conecta con la gente de una manera tan profunda que se convierte casi en parte del imaginario colectivo. Creo que tiene que ver con algo muy intangible, muy difícil de medir. Es una mezcla de momento, de contexto, de narrativa… pero también de una especie de energía que hace que esa historia toque una tecla concreta en la sociedad.

Se ve muy claro, por ejemplo, en los casos de true crime. Hay muchísimos sucesos similares, pero cada año hay uno que se convierte en un fenómeno mediático. No es necesariamente el más grave ni el más impactante, sino el que conecta con las preocupaciones, los miedos o las obsesiones de ese momento.

Y con la cultura pop pasa lo mismo. Hay canciones, programas o personajes que aparecen en el momento justo y se alinean con lo que la gente necesita o quiere sentir en ese instante. Y eso es imposible de predecir del todo. A mí me interesa mucho esa idea de que, aunque analices la cultura pop desde un punto de vista casi académico, siempre hay un componente mágico. Algo que no puedes controlar ni replicar del todo.

Y creo que eso es lo que hace que siga siendo tan emocionante. Porque si todo fuera previsible, si todo respondiera a fórmulas exactas, dejaría de tener gracia. Pero el hecho de que todavía haya algo que no entendemos del todo… eso es lo que la mantiene viva.

Para terminar, ¿cómo fue escribir el guion de la última gala de los Premios Goya?

Fue una experiencia muy interesante y muy exigente. No estoy acostumbrado a trabajar en equipo. Había muchas notas constantemente. Notas de la productora, notas de la Academia, notas de diferentes departamentos… y eso cambia completamente la forma de trabajar, porque ya no es solo lo que tú quieres contar, sino encontrar un punto en común entre muchas sensibilidades distintas. 

El reto era encontrar el equilibrio entre una gala entretenida, televisiva y, a la vez, solemne. Porque si te pasas de informal, parece que no estás respetando el evento. Y si te pasas de solemne, corres el riesgo de aburrir.

Además, la estructura ya viene bastante marcada. Hay una escaleta muy cerrada: cuándo intervienen los presentadores, cuándo van los premios, las actuaciones… No partes de cero. Dentro de ese marco, tienes que encontrar espacios donde aportar creatividad.

Por ejemplo, el número de intervenciones de los presentadores ya estaba definido desde el principio. Nosotros intentamos proponer algunas cosas, como que hubiera más momentos compartidos entre ellos, ellos también lo pidieron, y lo conseguimos. La verdad es que los presentadores pueden proponer cosas y se les escucha. Nosotros, como guionistas, imploramos una tercera intervención de ellos, pero no nos dejaron bajo ningún concepto. Al final, es un trabajo muy distinto al que hago habitualmente, pero también muy enriquecedor.

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