Ricky Rubio, protagonista en el programa 'Lo de Évole' emitido este domingo por La Sexta, ha ofrecido una mirada introspectiva sobre su relación con el deporte, marcada por una carrera que comenzó a una edad inusualmente temprana y se ha visto jalonada tanto por éxitos rotundos como por desafíos personales.
Preguntado por su situación actual y las posibilidades de retorno, Ricky no ha desvelado ningúna decisión pero parece que puede estar próxima: “Me gustaría jugar al baloncesto sin todo lo demás, pero es imposible… Y sin ser Ricky Rubio. Estoy exprimiendo el máximo para ver si realmente puedo. La respuesta cada día es más clara”.
Ese "todo lo demás" viene definido por la autoexigencia, los problemas de salud mental que le obligaron a detener su carrera profesional antes de la llegada al Barça y una forma de ver la vida marcada en buena medida por su temprano debut como profesional.
Recientemente el jugador ha explorado una faceta distinta del baloncesto, participando en ligas de carácter lúdico. “Jugué en una liga, un partido a la semana, liga para divertirse”, ha comentado, admitiendo haber extrañado el juego durante este año, pero con una condición: “me gusta jugarlo sin nada exterior”. Esta nueva perspectiva contrasta con la carga que sentía antes, donde el “personaje” prevalecía sobre el jugador, impidiéndole ser “uno más del equipo”.
Esta búsqueda de disfrute puro, despojado del entorno profesional, es un aprendizaje consciente. “Busco disfrutar del basket sin lo que le rodea”, afirma, reconociendo que hubo un punto en su carrera en el que “ya no me divertía”, a pesar de que inicialmente le “enamoraba la sensación de estar en un equipo” y la posibilidad de “ver más allá” y explotar su instinto.
Su salto al profesionalismo con apenas 14 años con el Joventut fue un punto de inflexión en el que ve también factores que influyeron: “Yo no era consciente y pensaba que podía con todo”, explica sobre aquel momento, admitiendo con la perspectiva actual que “es difícil entrar en ese equipo tan temprano" y que “no tenía que estar” allí en esa etapa de su desarrollo.
El vestuario profesional también reveló una dualidad. Tuvo la fortuna de encontrar compañeros valiosos como Marcelinho Huertas, a quien describe como “de los mejores compañeros que he tenido”. No obstante, también presenció “la jungla”, un entorno donde algunos “tienen un lado oscuro y que si yo tengo que triunfar y pisarte para hacerlo, lo haré”, evidenciando la competitividad implacable.
Rubio ha subrayado el impacto de la exposición mediática en jugadores muy jóvenes. “Vende mucho titulares pero al final hay una persona detrás, que el cerebro no lo tiene desarrollado”, señala, argumentando que un joven de 18 años “no tendría que estar en ese foco, no está preparado para vivir en ese mundo caníbal” y que se requieren “unas bases en el inicio para poder soportar eso”.
Las experiencias difíciles se acumularon. Recuerda vívidamente el Mundial de 2010, donde España cayó en cuartos de final. Con 19 años y como base titular, la derrota le impactó profundamente. “Perdemos los cuartos de final por un triple de Teodosic y en ese momento no quiero hablar con nadie pero me derrumbo y empieza la culpa. Soy un fracasado”, relata, describiendo cómo se encerró “en el lavabo para llorar solo”, convencido de haber “hundido a España por mi culpa”.
Incluso en momentos de máximo éxito, como el Mundial de 2019 donde fue MVP, la desconexión persistía. A pesar de considerarlo “de los éxitos más grandes” y una “experiencia increíble en cuanto a equipo”, Rubio confiesa: “No me sentí MVP. Cuando recibo el premio me sentí un farsante, pensaba que no lo había merecido”.
La victoria no era suficiente; la presión por “seguir” y la sensación de vivirlo “desde el sufrimiento” eran constantes. Pensaba “que en cualquier momento me iban a quitar ‘los poderes’”, lo que le llevaba a querer “tener todo controlado”, revelando la intensa carga mental que acompañó su brillante trayectoria profesional.
La grave lesión de rodilla sufrida con Cleveland en 2021 también acabó siendo una experiencia traumática: “Se me va la pierna y no lo acepto. ¿Cómo puede ser que me pase esto?, pensé en ese momento", recuerda. "No quería ni coger el teléfono porque sabía que me había roto. Mi primera reacción es ‘esto no me ha pasado a mí pero se van a cagar porque voy a volver más fuerte’. Y estoy un año con una sensación de enfado con el mundo. Entreno al máximo, vuelvo a jugar, hago la preparación para el Mundial pero veo que algo no va bien. Sueño cosas muy oscuras, me tropiezo sólo salir a la cancha. Mi cabeza estaba así que era imposible. Pedí ayuda como supe y con mi preparador físico y fisioterapeuta, les cuento cómo estoy. Me viene a ver mi mujer y le dijo que me tiene que ayudar a hacer las maletas”.
Ese malestar personal le llevó a una zona muy oscura y a pedir ayuda psicológica. “Una de las noches que estaba en el hotel pensé que no quería seguir, pero no con el baloncesto sino con la vida. Por un segundo. Supe que no era yo pero puedo entender a mucha gente que se ha quitado la vida… Hay un momento en el que todo te pesa tanto…"

